Adeline no respondió de inmediato, pero sintió cómo las palabras de Clara perforaban su piel como pequeñas agujas. Mantuvo la cabeza alta, sus labios apretados en una línea delgada. Don Enrique levantó la vista de su periódico al escuchar las palabras de su esposa y sus cejas se alzaron ligeramente al notar su presencia. Había una chispa de sorpresa en su mirada, como si no esperara que Adeline apareciera tan pronto, o tal vez como si hubiera subestimado su determinación. —Adeline —dijo, su voz firme, pero con un tono de desconcierto que no lograba ocultar. Antes de que pudiera decir algo más, Lucía entró como un torbellino a la sala de estar, resonando sus tacones por todo el lugar. Llevaba varias bolsas de compras en las manos, con las marcas de lujo claramente visibles en las etiquet

