Adeline avanzó por los pasillos del hospital con pasos algo más ligeros de lo habitual, aunque en el fondo su corazón todavía palpitaba con un nerviosismo contenido. Llevaba un sobre de documentos en una mano y un atisbo de sonrisa en los labios, indicio de que el peso de las últimas decisiones empezaba a desvanecerse. El olor inconfundible a desinfectante y las luces blancas de neón le recordaban que aún había un camino por recorrer, pero al menos esa mañana se sentía más esperanzada que en días anteriores. Encontró la habitación de su madre y giró el picaporte con cuidado, como temiendo perturbar su descanso, al entrar, la escena que se desplegó ante sus ojos fue un pequeño bálsamo para su alma. Isabel descansaba con los ojos cerrados, recostada sobre varias almoha

