Adeline apretaba el bolso contra su pecho como si fuera un escudo, mientras el autobús avanzaba lentamente por las calles de la ciudad. La vibración del motor y el ruido de los neumáticos contra el pavimento se mezclaban con las conversaciones apagadas de los demás pasajeros, pero para ella todo era un murmullo distante. Su mente estaba atrapada en una tormenta de pensamientos y emociones contradictorias que no le daban tregua. Por un lado, una chispa de satisfacción brillaba en su interior cada vez que recordaba las bofetadas que le había dado a Clara y Lucía. Había sido un momento de liberación, un estallido de años de humillación acumulada. Por primera vez, había sentido que tenía el control, que había recuperado algo de su dignidad en medio de una situación que la había consumid

