Adeline cerró los ojos y dio un paso atrás, como si necesitara crear una barrera entre ella y la avalancha de emociones que Henry despertaba. Sentía cómo la furia y el dolor, enterrados bajo años de intentos fallidos de olvido, comenzaban a aflorar, amenazando con desbordarla. No quería mirarlo, pero su presencia era como un imán, un recordatorio tangible de todo lo que él había botado por la borda. Y entonces, sin poder evitarlo, quedó atrapada en un recuerdo que había intentado enterrar durante años, pero que siempre encontraba la manera de resurgir en los momentos más inoportunos. Henry Steward. La imagen de él apareció en su mente con una nitidez abrumadora, como si el tiempo no hubiera pasado. Esa sonrisa despreocupada que solía iluminar sus días, sus gesto

