El día de la boda llegó con una puntualidad cruel, como si el tiempo se hubiera aliado con el destino para aplastar cualquier esperanza que Adeline pudiera albergar. El frío de la mañana se infiltraba por las rendijas de su pequeño apartamento, helando no solo el aire, sino también cada rincón de su alma. Miraba por la ventana, viendo cómo la luz grisácea del amanecer se extendía sobre la ciudad, un recordatorio silencioso del peso que oprimía sus hombros. Ese no era un día de celebración; era el inicio de un contrato que la despojaría de lo poco que aún podía llamar suyo: su libertad. No había dormido en toda la noche, los minutos se habían arrastrado como siglos, con su mente atacándola una y otra vez con imágenes de un futuro incierto y desprovisto de alegría, cada

