Adeline notó la presión de la mirada de Nathan y Julia, sus fieles acompañantes, y bajó la vista un instante, recordando los retrasos en la decisión de mudarse a la Villa y lo mucho que había costado dejar su antiguo departamento, si no hubiese sido por los consejos de su mejor amigo, tal vez nunca habría pensado siquiera en ocupar su nueva casa. Para Adeline, aquellos “dos días de espera” se sintieron como una acusación involuntaria, aunque Rigoberto no mostraba ningún atisbo de reproche. Había sido inevitable; empacar su vida anterior no fue tan fácil como pensaba. ”Ni mudarse a una mansión con personal, cuando uno está más acostumbrado a atornillar cortinas y fregar el suelo con el trapeador.” — Perdón si los hice esperar. Tuve algunos… asuntos que arreglar.

