Y en ese instante entendí que no estaba allí por accidente. Estaba allí porque, de alguna forma retorcida, ambos queríamos ver hasta dónde podíamos caer —¿Ven?… —repitió, esta vez más despacio, como si disfrutara mi confusión —¿En dónde? ¿En la mesa? —pregunté, incrédulo, intentando leer sus intenciones en esa mirada peligrosa No esperó respuesta, su silencio pesaba más que una orden gritada. Así que, no del todo convencido, me senté sobre la mesa frente a él, cruzando las piernas con un gesto que intentaba parecer seguro, aunque por dentro todo me temblaba. Él no se movió de la silla. Solo me observó, de arriba abajo, con esa calma inquietante que anuncia tormenta —Ahí —dijo al fin—. Justo donde puedo verte bien— se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en los descansabra

