Mientras seguía parado en la puerta, vi cómo mi imponente hombre se derrumbaba. Se desmoronaba de una manera tan cruel, tan loca, que consistía en dejar todo fuera de su vida. En renunciar a todo lo que lo hacía ser quien era Pero también me he vuelto egoísta, en ese momento, solo podía pensar en mí mismo, en el miedo a perderlo. La idea de que me dejara, tal como me lo dijo hace poco, me torturaba a tal manera que prefería perder todo, incluso mi propia dignidad, con tal de no alejarlo de mí —¿Qué haces aquí?— su voz sonaba muy mal, áspera y lejana. Era como si hablara desde el fondo de un pozo, un pozo lleno de dolor y decepción, ese cual lo empuje yo mismo: con mis actos deplorables llenos de arrogancia y culpa —Vine a verte ¿Perdóname, por favor?— supliqué, con la voz temblorosa.

