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970 Words
Recuerdos Olvidados Saros abrió los ojos de golpe, el pecho subiendo y bajando con violencia mientras se incorporaba en la cama de golpe. El sudor frío le perlaba la frente y tardó unos segundos en reconocer dónde estaba. Las sombras familiares de su habitación en el castillo del ducado Ganhe se extendían por el techo como dedos que se retiraban lentamente, vencidos por la realidad. Pero el sueño… el sueño aún ardía en su pecho como brasas agitadas por un viento antiguo. El nombre de ella, la princesa Corelia, aún susurraba en su mente como un eco que no sabía si venía del pasado… o del destino. Se llevó una mano al pecho, intentando calmar el violento galope de su corazón. La imagen de la joven princesa no lo había visitado desde aquel baile de mayoría de edad de su prima Maya. Una noche llena de luces, música y expectativas, pero también de intrigas y conversaciones políticamente medidas. Recordaba haber hablado con la princesa solo por breves minutos, un intercambio casual en medio de la danza y las presentaciones. Nada significativo… o eso había creído. Nada como para justificar el ardor que ahora sentía en el alma. Entonces, ¿Por qué ese sueño lo había golpeado con tanta fuerza? Se frotó los ojos con las manos, frustrado. Se suponía que debía estar pensando en su primo, el príncipe heredero y en la llegada inminente del futuro emperador de Yamain. La atmósfera en la capital era tensa. Las calles se habían llenado de rumores, los nobles se preparaban para las recepciones y las casas rivales afilaban sus cuchillos en la sombra. Y él… él soñaba con una princesa extranjera que no veía hace años. - Maldita sea - susurró, apartando las sábanas. Se puso de pie de un salto, descalzo, con solo los pantalones de pijama cubriéndolo. El aire en la habitación era cálido, demasiado cálido para su gusto, como si el fuego interior se hubiera filtrado en los muros. Cruzó la estancia en pocos pasos y se asomó al balcón, empujando las pesadas puertas de cristal. El aire nocturno golpeó su piel como una bofetada refrescante. Cerró los ojos y dejó que el viento le despeinara el cabello, despejando también el calor que se había acumulado en su espalda, en su pecho. Desde allí, las torres del castillo de Ganhe se recortaban contra el cielo estrellado. Los muros de piedra, eternos y fríos, parecían ajenos a su tormenta interna. Pero él… él no estaba en paz. Podía sentirlo: el aura del león, su vínculo espiritual más profundo de su linaje se había agitado. Aun sin invocarlo, aún dormido, algo en su interior se había encendido. La magia dormida en su sangre vibraba como una cuerda tensa a punto de romperse. Y siempre que eso ocurría, significaba algo importante. Algo que no debía ignorar. - ¿Por qué ahora…? - murmuró al viento. Había tenido miles de sueños. Algunos eran ecos de batallas, otros eran proyecciones del futuro. Pero este no era una advertencia. Ni siquiera un deseo reprimido. Era un recuerdo que no había valorado… hasta ahora. Recordó el perfume de la princesa. No el más fuerte de los aromas, sino uno sutil, como flores en la brisa. Recordó su voz, suave, pero firme y la forma en que sus ojos - de un tono azul casi imposible - lo habían estudiado cuando le hizo una observación política que lo dejó sin palabras por primera vez en la noche. Era especialmente hermosa según los estándares frívolos de la corte, pero tenía una presencia que capturaba. Una inteligencia que se notaba en su forma de hablar y un temple que no cuadraba con su edad. Había sentido una punzada de curiosidad… y después nada. Había vuelto a su rutina, a los deberes del ducado, a las sombras de su familia y al fuego que ardía por dentro desde la muerte de su padre. El recuerdo de Corelia se había desvanecido entre informes, consejos de guerra y compromisos diplomáticos. Hasta ahora. Ahora, su cuerpo, su magia y su alma decían que ese momento no había sido trivial. Y el tiempo se acortaba. En dos días, el heredero y su esposa llegarían por tierra a Yamain. La capital estaría patas arriba. Todos los duques, príncipes de sangre y casas mayores estarían presentes. Incluyendo ella. - Tengo que verla. - dijo en voz baja, como si decirlo en alto sellara el pacto. No como quien persigue un amor, no. No con esa ingenuidad. Sino como quien intuye que algo en el tejido del destino se movió… y que ignorarlo sería una traición a su instinto. Giró sobre sus talones y volvió al interior. El ambiente ya no era sofocante, pero tampoco era un lugar donde pudiera seguir encerrado. Abrió el arcón de madera a los pies de su cama y sacó una túnica ligera. Al colocársela, notó que sus manos seguían temblando y no era por el frío. Era por la intensidad de lo que sentía, como si su cuerpo supiera que el reencuentro ya estaba escrito. Cruzó la habitación hasta el escritorio. Encendió una vela y sacó un pequeño cuaderno de tapas negras. Lo usaba para anotar pensamientos estratégicos, reflexiones nocturnas… o sueños. Nunca había escrito sobre uno. Pero esta vez lo hizo. “Princesa Corelia. Baile de mayoría. Luz dorada. Conversación sobre poder, verdad y deber. Sus ojos. Su certeza. Su calma.” Se detuvo. Respiró. Escribió la última línea con letra firme: “Algo se despierta.” Cerró el cuaderno. Su decisión ya estaba tomada. En dos días, cuando la corte se reuniera para recibir al príncipe heredero, no solo buscaría su sitio en la sala del trono. Buscaría sus ojos. Y si los volvía a encontrar… sabría si el sueño fue solo eso o una advertencia de cambios más grandes.
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