Capítulo 1 (v.1)

1518 Words
Mi nombre es Setón Thorlasson Monterroza Bueno, pero pueden llamarme Setón Monterroza. Resido en la ciudad de Barranquilla (Colombia) y soy un teólogo de 35 años con autismo místico (Misti). Nací el martes 14 de noviembre del año 2000. Según cuenta mi madre, Mandira Súarez (una afrocolombiana cuyos ancestros eran cristianos paulicianos esclavizados), durante el embarazo se había formado una banda amniótica en mi embrión y, por eso, podría salir herida y fallecer. También cuenta que su embarazo no fue fácil. Le dolía mucho; sentía temor de fallecer conmigo en su vientre, y el mero hecho de que esta poder seguir laborando sin tenerme no le quitaba la idea de que yo nacería bendecido y sano, alabando a Jehová. Me confiesa, de hecho, que quería tener un hijo, pero jamás pensaría que el embarazo mío le causaría cuando naciera. De hecho, ella también me confiesa que no solamente me había consagrado en mi vientre por la Iglesia Católica (ya que queda claro que no sabía que sus ancestros eran paulicianos africanos), sino que también me entregó al Señor Jesucristo mediante la intervención divina de un pastor que, en su momento, estaba comenzando una obra misionera aquí en Colombia. Y fue así: un martes 14 de noviembre del año 2000, Setón Thorlasson Monterroza Bueno, hijo del oficial de la Policía Nacional de los colombianos (PONALCO), el Sr. Baltasar Elías Monterroza Lince, y la vendedora, la Sra. Mandira Suarez Valdierre nació con las manos abiertas, alabando inclusive al Señor en una prestigiosa clínica privada de élite en el Atlántico. Cuenta la leyenda que una cruz apareció delante de mí, con las manos abiertas, alabando a Dios. Esta cruz, sin duda alguna, dejó atónitos a muchos en la clínica, así como al propio doctor que ayudaba a mi madre en el parto. Y entre esos muchos estaba mi propia familia. Aunque mis padres nacieron pobres, afortunadamente su disciplina y desempeño laboral hicieron que yo naciera honrado. Por ahí en el año 2003, a mi padre lo habrían trasladado a Fusagasugá, Cundinamarca (Colombia). La cosa fue que él se fue solo, y empecé a llorar y hacer pataletas nivel Dios (pues, confieso de la misma manera, que aún no me habrían diagnosticado el espectro del autismo y menos que sería uno de estos que posee el Síndrome del Misti, un trastorno pseudopsicológico e inexplicable que únicamente tienen algunas personas dentro del espectro que les permite comunicarse con el mundo espiritual (tanto el cielo como el infierno, principalmente con este último)). Mi madre, desesperada del todo, no dudó en mudarse conmigo hasta dicho pueblo tan prestigioso dentro del interior de Colombia. Cuentan mis familiares que, cuando habría cumplido cuatro años de edad, mi propio cumpleaños era el primero de los cumpleaños que no se celebraban así en Fusagasugá y menos en el departamento (confieso que, ahora que he crecido, tengo 35 años y pienso diferente, aunque inmaduramente, me entero de esto). Pues era inocente, no sabía qué había en mi ser, y, aparentemente, como dije al principio, nací honradamente gracias a la disciplina y al desempeño laboral de mis padres. Me inscribieron en un jardín infantil donde había presentado los síntomas del autismo. Pero, aun así, creyendo que eran cosas de niños, me comportaba diferente. ¿Han oído de las estereotipias que tenemos los autistas? Bueno, yo la tenía bien fuerte, aparentemente (lo confieso), pues debo confesar que me daban temas, fijaciones y de todo lo que se ponía a la moda en la época presente en la primera década del siglo XXI. Era inocente; jamás creía que los teléfonos iban a ser táctiles y, literalmente, durante mi adolescencia, eso se volvió mi refugio cuando me dejaron de exigir académicamente. Bueno, ¿y a qué edad me diagnosticaron autismo infantil? Pues a los 5 años. El síndrome de Misti, de hecho, me lo diagnosticaron a los 25 años (¡imagínense!), ya que sabía específicamente cuál era ese trastorno psiquiátrico que se catalogaba como pseudociencia. Pero, ¿por qué me diagnosticaron el síndrome del misti? Resulta y pasa que me había consagrado a Santa Hildegard de Bingen, y su idioma inventado "Lingua Ignota". Uno de sus fieles seguidores, germano-americano, el Sr. Heinrich Falkenrath, había escrito un libro el cual contenía un sistema identico a la de la mísitca en el cual uno podría hablar con Dios directamente al comunicarse con la santa alemana. Su intención siempre había sido cultural y literaria; no era establecer jerarquías espirituales ni estructuras organizadas. Literalmente, el Sr. Falkenrath, al momento de conocerme virtualmente al ver una publicación mía en un grupo raro de f*******: sobre el ocultismo católico y ortodoxo. Preguntaba específicamente cómo se evocaban a los Santos de la Iglesia Católica. Y en seguida, uno de ellos, el Sr. Falkenrath, apareció de la nada y me dijo “compra el libro “St. Hildegard of Bingen's Lingua Ignota Incantations'". Para ser verdad, desde los 21 años hasta los 25 no paraba de pensar en comprarlo, puesto que era muy costoso (literalmente). Afortunadamente, al graduarme de teólogo de la Corporación Universitaria Concordia (UC), le propuse a mi padre que, por favor, pudiéramos comprar ese libro abonando semanalmente. Y definitivamente, el 31 de diciembre del año 2025 compré el libro. Aparentemente me llegó en febrero del próximo año, y confieso a la vez que me encantó. Mi creatividad volvió a la cima, y mis ganas de estudiar y prepararme para lo laboral, no se diga, habían empezado a tomar un curso virtual de Microsoft Excel en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), a petición de mi madre. Fue todo un éxito haber comprado ese libro. En un principio quería montar una tienda social. Sin embargo, dado el agotamiento propio de lo que suele ser un emprendedor, decidí no hacerlo. Pues, era solamente para mí el usar la fonética, la gramática, la pronunciación y demás de la Lingua Ignota. De ahí la problemática de por qué me habían diagnosticado el síndrome del místico, y es que yo había activado ese trastorno psiquiátrico subestimado como pseudociencia. Aunque no era católico, estaba bastante destinado a comunicarme con los santos de esta religión. Como dije antes, mi madre tiene ancestros paulicianos esclavistas, y no cabe duda, de hecho, de que en el año 2010, después de permanecer durante tiempo completo en una IPS para personas con discapacidad, me inscribí en un colegio cristiano fundamentalista. Duré 7 años en esa institución, soportando una ola de maltratos psicológicos por parte del personal docente en alguna parte de la capital colombiana. Bueno, en este orden de ideas, dada la cercanía de este colegio con la religión ancestral de mi madre, tuve que permanecer ahí durante siete años. Los docentes, sinceramente, dañaban mi imagen, pues era el único chico con discapacidad cognitiva que manejaba la institución. Literalmente, confieso que, así como era la IPS conmigo, pensaba que iban a ser los del colegio fundamentalista. Pues, nunca pasó. Me había implantado yo mismo un fanatismo religioso… Bueno, el colegio no era de doctrina pauliciana sino montanista. Yo recuerdo haber preguntado: “Ahora quién me va a llevar a la iglesia”, y mi abuela materna, la Sra. Celmira Antonia Valdierre Sotolongo respondió “heme aquí”. Bueno, es tanto lo que tengo que expresar acerca de la experiencia medio amarga que he tenido al pertenecer a las iglesias montanistas de las cuales haré referencia en los próximos capítulos. Tras regresarme a Barranquilla en noviembre de 2017, de alguna manera también tuve mis altibajos. Principalmente con la profesora de filosofía. No por mi falta de atención ni por la pérdida de exámenes, porque era lo mismo, sino por mi tema: escribirle al Papa de la Iglesia Católica (el eje central del presente capítulo en este diario). A pesar de todo, dicho colegio inclusivo (privado, pero cuya sociedad era muy parecida a la de los colegios públicos de mi país) me estimó bastante y, tras graduarme de bachiller, el profesor de biología me dijo por w******p: “Eso fue lo mejor de lo mejor”, con referencia a que yo traje a mi pastor montanista aquí en Barranquilla a dicho colegio inclusivo dos veces. Lo que yo no sabía, no obstante, era que estaba dejando una huella en esa institución como teólogo profesional de la CUL en los años posteriores a la pandemia del COVID-19. ¿Qué clase de huellas específicamente? Yo, Setón Monterroza, habría conseguido un empleo como capellán en una IPS cristiana aquí en Barranquilla, que apenas empezaba. Todo gracias a mi perseverancia y al rol que desempeñaba como director del Ministerio Juan 9, el ministerio de discapacidad de la Iglesia Montanista Independiente Barranquilla (IMIB). Este ministerio surgió dentro de la IMIB por iniciativa mía también, quien había tomado un curso de teología y discapacidad (muy prestigioso, claro), y, con mi insistencia, mi pastor montanista no dudó en involucrar a otras hermanas de la iglesia que, aun así, se habían comprometido, pero no cumplieron (Eclesiastés 5:4-5). No obstante, al iniciar el ministerio, hubo un crecimiento inusual dentro de la IMIB, el cual, de alguna manera, ¡poseía un montón de familias afectadas por la discapacidad!
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