En fin, durante un almuerzo dentro del recinto en donde mi tío Simón y su familia (su esposa y dos hijas, así como sus respectivos dos nietos y yernos), así como mi padre y mi abuela paterna (la mamá de los dos) se estaban hospedando, me habían dejado a cargo a Alma Valdierre Monterrosa (la hija de Denis Monterroza, hija mayor de mi tío Simón, la cual tenía 11 años en el momento) y a Judas Tadeo Santillán Monterroza (el hijo bebé de Peggy Emilia Monterroza, hija menor de mi tío Simón, el cual iba a cumplir apenas dos años). Pues, sin más faltar, era al revés. Sabiendo explícitamente mi discapacidad, estos se encargaron de cuidarme durante el tiempo que estuviese. Pero, como era de esperarse, era mi costumbre hacer mis estereotipos en público. Duré al menos dos (2) horas haciendo esas estereotipias, y lo que nadie sabía era que había un campamento de una congregación espírita en el que habían llegado delegados de congregaciones espiritualistas provenientes principalmente de los Estados Unidos y del Reino Unido. Y como siente, estaba dándoles a ellos un espectáculo gratis. Sin embargo, la inocencia de los dos niños hizo que los espiritualistas y espíritas, en lugar de ver mi espectáculo, se enfocaran más en lo que estaban haciendo que en mí.
Luego de haber estado en mi mundo durante más de 5 horas, finalmente me senté a almorzar. Resulta y pasa que, a la hora de tomar mi almuerzo, mi mano derecha comenzó a mover una caneca de la basura que estaba a unos 5 kilómetros de donde yo estaba. La mano mencionada comenzó a usar la telequinesis, aprovechando que seguía con mis estereotipias, sin importar que ya estaba bueno de hacerlas. Y fue ahí cuando, sin querer, lancé una de las canecas de la basura a una pequeña niña detrás de mí. De hecho, sabiendo que me metería en problemas, decidí no tomar mi almuerzo e ir a por mi maleta.
La familia de la niña (la cual consistía en sus padres, su hermana mayor y su hermano del medio), al percatarse de lo que yo, sin querer, le había hecho, cogió mucha rabia contra mí y quiso acabar conmigo. Bueno, el que estaba más bravo era su padre, quien, como todo girl-dad, era muy sobreprotector de la niña, por lo que quería pegarme y matarme a la vez.
Bueno, fue tal su rabia que los ángeles guardianes, comandados por San Thorlaco, a través de mi espíritu, comenzaron a usarme como si fuera un personaje de videojuego manejado con Kinect de Xbox 360. Cuando este quería atacarme, el tiempo se detuvo, trazando una línea en la quinta dimensión por todo el recinto donde me hospedaba con la familia de mi tío Simón, mi padre y mi abuela. Era una línea perfecta, de la cual vi primero a un perro corriendo con una pelota, luego a un niño jugando con una cometa, y luego viendo cómo estaban asando carnes de res, cerdo y pescado, hasta que finalmente vi la mano en puño del papá de la niña, la cual, satisfactoriamente, esquivé.
“¡Qué pedazo!” (el papá de la niña me gritaba duro y me veía de la manera que lo hacía mi madre) “¡¿Acaso que es usted para lanzarle eso a mi niña?!” “Yo jamás tenía la intención de lastimarla, señor” (Respondí muy tímidamente como si los docentes del colegio cristiano fundamentalista donde estudié en Bogotá fuesen los que me respondían) “Bueno, lo hice, pero no voy a pelear con usted” (le respondí muy tranquilamente, aunque por dentro me sentía en peligro y con inseguridad) “¡¡YO TAMPOCO QUIERO!!” (En seguida el padre de la niña se levantó contra mí, pero como los ángeles guardianes usaban mi cuerpo como un videojuego, muy exitosamente logré esquivar todas las agresiones del hombre. Incluso aún, su esposa (la mamá de la niña) intentó reemplazarlo para pegarme, dándome cachetadas que yo, sin duda y aun así, esquivaba. Pues toda la gente que estaba allí había estado a favor de la niña, sobreestimándola como la niña Boo e infraestimándome a mí como James Sullivan. Muchos de los testigos fingían ser víctimas de mi persona hasta que uno de ellos (el celador del recinto) mostró el lado malvado de todos al querer pegarme con una tabla de madera. Pues, salté, y muchos, a diferencia de Peter Parker, se indignaban más de mí como si fuere un demonio.) “Maldito depravado demoniaco” (Una señora, al ver mi salto sobrehumano, creyó que era un fantasma. No obstante, no escuché las palabras fuertes de esa señora ya que un ángel guardián de los chicos mistis me censuró sus palabras. Así sucesivamente, empecé a sentir la sensibilidad auditiva que muchos autistas tienen, pero ese mismo ángel me cancelaba y censuraba los sonidos, hasta que había llegado el momento en el que el celador diría lo siguiente) “Lo siento, señor, no puedo hacer nada” (es entonces cuando el padre de la niña se exaltó violentamente y yo aun así seguía esquivándolo, hasta el punto de fracturar sus dos brazos musculosos (porque como veía, era un fisicoculturista de profesión) dándole como toque final, un cabezazo que lo hizo volar hasta la moto de los policías que habían venido a solucionar el conflicto) “¡¡¡PAPI!!!” (Gritó la niña mirándome con desprecio, junto con sus dos hermanos mayores, quienes, en lugar de mirarme feo, me veían como alguien inocente que no había hecho nada malo, sino que estaba descubriendo). “Oiga, joven, sos un pervertido” (me respondió el celador, el cual tenía un acento paisa-caleño)
Pero, ¿saben quiénes sintieron admiración por mí? Pues los espíritas y ministros espiritualistas que, aparentemente, estaban en un retiro familiar espiritual. Incluso, una de ellas, la cual era una joven teóloga (como yo), sentía amor por mí a primera vista. No obstante, me escapé del recinto.
Confieso que este suceso sucedió a mediados de esa década. Era septiembre de 2026 y, aparentemente, me encontraba de vacaciones en Bucaramanga. Pues, el 31 de diciembre de 2025, después de haber ahorrado por tres meses, compré el libro del Sr. Heinrich Falkenrath, aprendiendo bastante el idioma místico de la santa mística por excelencia. Volviendo al tema, me oculté en un centro comercial antiguo, que fue abandonado al inicio del siglo XXI, y al verme en el espejo, noté que mis ojos se volvían grises. Comenzaba a ver las cosas de manera distinta. No entendía por qué estaba ahí ni qué había hecho. Comenzaba a hablar vulgaridades, imaginándome alternativas, entre las cuales una sería la compra de zapatos, ropa de marca y demás. Pero el ahorro de más de 300,000 pesos colombianos (COP) lo tenía encadenado a ese libro. Sin embargo, queda claro que yo no estaba haciendo nada malo; estaba haciendo lo correcto. Confiaba mucho en mí y en los emprendimientos que, en un principio, consideraba disparatados.
Bueno, al regresar a Barranquilla, decidí volver a aplicar a la Versant Test. Una prueba de inglés dentro de un call center bilingüe llamado Partners Global. Pues, con la ayuda de la Virgen María (que, sin duda alguna, era la patrona de Estados Unidos) y de San Jorge (patrón de Inglaterra), logré obtener un puntaje muy alto en esa prueba: ¡80/55! Poniéndolos en contexto, tengo que dejarles saber que mi contrato de prestación de servicios en la Alcaldía de Barranquilla ya había terminado, pero me emocioné bastante al darme cuenta de que la comunicación con los santos de la Iglesia Católica era muy efectiva.
No obstante, esa misma semana, el arzobispo de Barranquilla y su obispo auxiliar me habían citado para hablar de mis proyectos. Y entre esos muchos proyectos estaban la implementación de la Pastoral San Thorlaco de Islandia dentro de la Arquidiócesis de Barranquilla, la promoción de la plataforma ClassHub en los colegios parroquiales y, por supuesto, la principal: la redacción de la referencia eclesiástica para trabajar en el Vaticano por parte de los dos obispos. Al impresionarse ellos de mi sabiduría (porque, confieso, los santos de su religión me habían otorgado una inteligencia sobrehumana), no dudaron en complacerme con estos tres proyectos.