4.Amigos

2040 Words
4.Amigos POV Serena Estoy en la cocina preparando té cuando suena el timbre. Es tarde. Demasiado para visitas inesperadas. Roger no me avisó que pasaría —y él siempre avisa. —Frunzo el ceño y me limpio las manos con una toalla antes de caminar hacia la puerta. Al mirar por la mirilla, un escalofrío me recorre de pies a cabeza. —¿Dígame? —Un hombre, impecablemente vestido, está de pie ante mi puerta con expresión neutral, de esas que nunca revelan emociones pero que impone respeto con su sola presencia. —Buenas noches, señorita Serena —dice, con voz firme pero cortés. —Lamento la intromisión a estas horas. Me quedo quieta, con el corazón repiqueteando en los oídos. —Buenas noches. ¿Nos conocemos? El hombre esboza una sonrisa. Es de cabello oscuro y rizado, con lentes de marco dorado. —Mi jefe me ha pedido que le entregue esto —extiende un sobre de papel grueso, color marfil, con su sello grabado en cera roja. —¿Su jefe? —repito, aunque sé perfectamente a quién se refiere, lo que provoca un escalofrío. —El señor Desmond Saint-Claire. Trago saliva. Miro el sobre, pero no lo tomo. —¿Qué quiere? —Invitarla a cenar. La respuesta es tan directa que por un segundo no sé si la escuché bien. Riddell continúa hablando con serenidad. —Solo cena. Esta noche. Nada más. El coche la esperará en treinta minutos frente al edificio. Puede rechazarlo, desde luego, pero… —baja un poco la voz, casi en confidencia— él no suele hacer invitaciones dos veces. —¿Y si no me interesa? —No volveré a molestarla. Es su decisión. No intento disimular el temblor en mis dedos cuando por fin tomo el sobre. Es más pesado de lo que imaginaba. Rígido. Frío. —Buenas noches, señorita Serena —dice Riddell, haciendo una leve reverencia antes de dar media vuelta y alejarse por el pasillo con pasos firmes. Cierro la puerta sin hacer ruido. Me apoyo en ella, sintiendo cómo la calma que tanto me costó construir estos días, se derrumba un poco, como un muro agrietado. Vuelvo a la cocina, dejo el sobre sobre la mesa, y lo observo como si pudiera quemarme. Treinta minutos. Abro el sobre con manos temblorosas. Dentro, una tarjeta de cartulina negra con letras doradas, firmada a mano. “Serena: Esta vez no es para pedir nada. Solo tu presencia. Si decides venir, sabré esperarte. —D.S.” La letra es elegante, estilizada . El tono…educado. Una mezcla de dominio envuelto en sutileza, como quien ofrece algo sin hacerlo realmente. Suspiro. Mi cuerpo entero está en alerta. No de miedo, sino de expectativa. ¿Qué quiere de mí ahora? ***** Toco el borde de la tarjeta con los dedos, distraída, cuando escucho una suave llamada a la puerta. Me sobresalto, pero esta vez es Roger. Sonríe al verme, con una bolsa de panecillos en la mano. —Pasé por tu panadería favorita —dice. —Pensé que podrías necesitar carbohidratos para sobrevivir esta noche. Sus ojos brillan con dulzura. Su presencia me calma, como una canción familiar. Pero en el fondo de mi pecho, el sobre sigue pesando. Roger se da cuenta. Me mira de reojo, y luego, a la tarjeta sobre la mesa. —¿Todo bien? Asiento. Miento. Pero sonrío. —Sí. Solo... algo de la escuela. Él no pregunta más. Me ofrece uno de los panecillos calientes y me lanza una broma sobre lo dedicada que soy. —Bueno, no te distraigo más, debo ir a trabajar. ¿Nos vemos mañana? Me da un beso en la mejilla y sale de mi apartamento. Sin embargo, las palabras de Riddell vienen a mi cabeza. Solo una cena…solo esta noche y tal vez, no vuelva a aparecer en mi vida. Pero entonces recuerdo la mirada de Desmond. Si no voy para aclarar las cosas, puede ser que esto no termine. Pero si voy…¿Puede ser que asuma que me interesa seguir en contacto con él? ***** El sobre descansa sobre la mesa como un presagio. He pasado los últimos veinte minutos dándole vueltas, caminando en círculos por el departamento como si pudiera desgastar las dudas con los pasos. Treinta minutos, dijo ese hombre llamado Riddell. El coche debe estar abajo. Miro el reloj. Faltan cinco. Pero sigo aquí, con el cabello suelto, en ropa cómoda, con las piernas dobladas sobre el sofá y un tazón de cereal que ya ni siquiera quiero. Las hojuelas están blandas y la leche fría. No debería ir. No quiero ir. Una curiosidad casi infantil hace que me ponga de pie aún con el tazón en la mano, y como si fuera a ser sorprendida, camino de puntillas hacia la ventana. ¡Ridícula! Muevo un poco la cortina para mirar hacia abajo y ahí está. Es el mismo auto lujoso del día que nos conocimos. Sus ventanas oscuras no permiten ver en su interior, pero sé que ahí está. Los vellos de mi cuerpo se erizan, como si confirmaran algo de lo que estoy segura. Un coche que viene de frente ilumina por un segundo la silueta y un estremecimiento me recorre. Cierro la cortina de golpe, como si con eso pudiera alejar su presencia. Como si no fuera demasiado tarde. Regreso al sofá, el tazón aún entre mis manos, y trato de convencerme de que he tomado la decisión correcta. Que no salir es una forma de protegerme. Que si no abro la puerta, no le estoy dando poder. Los treinta minutos han pasado. Respiro hondo, sintiendo que por fin puedo relajarme. Quizá se fue. Quizá entendió el mensaje. Pero justo cuando mi espalda vuelve a tocar el respaldo, unos golpes secos y firmes en la puerta me hacen dar un respingo. El corazón se me desboca. Camino con lentitud, obligando a mis pies a no retroceder. Me asomo por la mirilla. Una figura alta, elegante incluso bajo la tenue luz del pasillo, se encuentra de espaldas a la puerta. Lleva un abrigo oscuro que le cae hasta debajo de las rodillas. No necesito ver su rostro. Sé perfectamente quién es. Trago saliva y abro. —¿Señor Saint-Claire? Él se da la vuelta con una calma estudiada, como si cada uno de sus movimientos respondiera a un guion invisible. Y entonces, lo veo: el rostro que durante tantos días imaginé. El mismo que me persiguió en sueños y pesadillas. Su sonrisa ladeada aparece, arrogante y familiar… pero hay algo nuevo. Una herida en su ceja derecha, apenas cerrada, aún con un tono violáceo que delata el golpe. No reciente, pero sí reciente en la historia que lo trajo hasta mi puerta. —Serena. Solo dime Desmond —dice con voz grave, cálida y peligrosa. —Pensé que aceptarías mi invitación. Habla como quien no suele ser rechazado. Como si la negativa nunca fuera una opción real. —Lo siento —digo, tragándome el temblor. —En verdad, pero mañana tengo un examen importante. Sus ojos me escanean con una intensidad que me incomoda, pero luego se suavizan. Un brillo de comprensión —o quizás cálculo— asoma en su mirada. —Entiendo —responde despacio, como si estuviera sopesando mis palabras.—¿Podrías acompañarme el sábado? —Lo siento… tengo trabajo los fines de semana. No quiero sonar brusca, pero tampoco quiero que lo tome como un sí velado. Desmond, sin embargo, no se inmuta. Da un paso más cerca, sin invadir del todo, pero dejando claro que no se irá fácilmente. —Puedo conseguir que te den permiso —dice, sin parpadear. —Y te pagaré el día. Triple. Abro la boca para protestar, pero él continúa, con esa forma suya de hablar que parece siempre un ofrecimiento y una sentencia al mismo tiempo. —Vienen gastos importantes para ti: inscripciones, libros, renta… Sé que no es fácil. Solo será una cena, Serena. Y una charla. Como amigos. Esa última palabra —amigos— flota entre nosotros con una carga que la contradice por completo. —¿Qué dices? Me quedo callada. Con el tazón aún entre las manos, ya olvidado, y el corazón palpitando como si estuviera tomando una decisión que cambiará mi rumbo para siempre. Porque tal vez… así sea. ***** La luz del amanecer se cuela por las rendijas de la persiana, pero no me sorprende dormida. No logré conciliar el sueño en toda la noche. Me revolví entre las sábanas, escuchando el tic-tac del reloj como un martillo en mis sienes, recordándome que el tiempo avanzaba, que el examen era hoy, y que, aun así, mi mente no podía desconectarse de él. De su voz. De su presencia en mi puerta. Me ducho en silencio, como quien se prepara para un juicio. Me visto sin pensar demasiado, eligiendo la ropa más neutral, más cómoda, como si con eso pudiera convencerme de que el día iba a ser normal. Pero no lo fue. Ahora estoy sentada fuera del aula, con el cuerpo tenso y los hombros caídos. Siento los párpados pesados y la cabeza embotada. Alguien a mi lado me hace una pregunta, pero solo escucho ruido, como si estuviera debajo del agua. —¿Serena? —repiten. Parpadeo varias veces y miro a mi compañera. Es Carla, la única con la que hablo un poco en la clase. Me ofrece una sonrisa leve. —¿Cómo te fue? Trago saliva. —No lo sé. Mal, creo —respondo con la voz ronca. Ella frunce el ceño con preocupación. —¿Mal? ¿Por qué? Si tú eres la que siempre se lo sabe todo. Esbozo una mueca que intenta parecer una sonrisa. —No dormí bien. Mi mente estaba en todas partes, menos en los apuntes. Me quedé en blanco en más de una pregunta. Carla va a decir algo más, pero en ese momento aparece el profesor, y con él, la administradora de la carrera. Ambas figuras se detienen frente al grupo, y cuando la mujer da un paso al frente, sus tacones retumban en el pasillo silencioso. —Chicos, buen día. Aprovecho para darles un aviso importante —comienza con su tono práctico y cortante. —A partir del próximo ciclo, las cuotas tendrán un ajuste. Un murmullo se extiende como una ola entre los presentes. —¿Ajuste? —susurra Carla. —Sí —continúa la administradora, impasible. —La matrícula aumentará un quince por ciento. Las cuotas mensuales también. A quienes estén becados, se les enviará un correo con las nuevas condiciones. No queremos afectar a nadie, pero es una medida necesaria. Una sensación fría me recorre la columna. Quince por ciento. Respiro hondo, haciendo cuentas mentales imposibles. No puedo. No con lo que gano ahora. No con el sueldo limitado y unas propinas que no son constantes. No con los gastos que ya me comen por dentro. Siento que me ahogo. El profesor comienza a hablar de la próxima clase, pero ya no escucho. Solo veo números, boletos de transporte, libros que aún no compro, inscripciones que están por venir… y entonces, su imagen viene a mi mente como si algún demonio malvado me soplara al oído. Me froto la frente, como si pudiera borrar su imagen. Demonio Saint-Claire. —¿Estás bien? —vuelve a preguntarme Carla. Asiento. Pero no lo estoy. Porque ahora ya no sé si decir “no” a la cena, volverá a ser una opción real. Me despido de Carla con un abrazo distraído. Camino hasta la parada del autobús mientras el peso de mis pensamientos comienza a sentirse asfixiante. Sin darme cuenta, saco del bolsillo la tarjeta que me dio anoche, justo antes de marcharse. El papel, grueso y sobrio, conserva aún un leve aroma a madera y a algo que no sé nombrar, pero que me remite inevitablemente a él. Miro el número, dudo un segundo… y lo guardo en mi teléfono. No lo llamo. No escribo. Pero lo guardo. Tres días. Aún tengo tres días para decidir si acepto o no. Suelto un suspiro largo, casi derrotado, y me abrazo a mí misma mientras el autobús se acerca. ¿En qué momento mi vida, tan ordenada, comenzó a irse a la mierda?
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