—Así que tú eres Serena. Su voz es un murmullo melodioso, un roce que acaricia y escruta a la vez. Siento que su mirada penetra más allá de mi abrigo, más allá de las máscaras que he construido a toda prisa. —Sí —respondo, casi en un suspiro. Monique me observa unos segundos más y luego esboza una sonrisa tenue. —Ven. Aquí estarás a salvo. La frase me golpea con una fuerza inesperada. A salvo. Hace días que nadie me promete algo parecido. Monique nos guía por un vestíbulo amplio donde un enorme ventanal enmarca la vista del lago. El suelo de madera oscura cruje bajo nuestros pasos, y el aire huele a cera y a lavanda. Un piano de cola reposa en un rincón con partituras abiertas, como si alguien hubiera interrumpido una melodía. —Esta casa perteneció al gran amor de mi vida, pero se f

