De pronto, Tamara suelta una carcajada, seca, que resuena como un látigo en el aire. —No confías en mí y crees que has metido la pata, ¿cierto? —arquea una ceja, disfrutando de mi incomodidad. —Pero yo ya te conté lo de mi relación con esa chica, ¿recuerdas? Supongo que también solté algo que no debía. ¿Quieres que pregunte por esa Monique? Su tono burlón me pone en alerta. —No. No lo hagas —respondo, más rápido de lo que quisiera. —Podría ser peligroso. Ella me mira con una mezcla extraña de triunfo y tristeza. Luego baja la voz, casi en un susurro. —No espero que vuelvas a amarme… ni que confíes en mí. Pero voy a tratar de averiguar algo. No prometo nada. La observo con cautela. Es Tamara. Podría estar jugando, podría estar midiendo cuánto confío en ella. Sin embargo, hay un matiz

