A las ocho ya estoy en la moto, en camino a recogerla, con un casco extra sujeto a mi brazo. Me juré no hacer el ridículo, pero aquí estoy, con las manos sudando y repasando mentalmente chistes que probablemente no usaré. A las ocho treinta en punto, sale de su casa. Pequeña esperanza. Así la llamo en mi cabeza desde que la conocí. No solo por su nombre, sino porque eso representa: un respiro en medio del caos, un destello que no esperaba. Lleva una chaqueta de cuero y el cabello suelto. Natural, sencilla. Perfecta. —¡Que puntual! algo raro en las chicas —le digo, tratando de sonar relajado, pero mi voz sale medio ronca. —No me gusta hacer esperar —responde con una pequeña sonrisa. Le extiendo el casco. —Para tí. Es nuevo. Para cuando quieras subirte a mi moto y huir del mundo.

