—Perfecto —dice, y aunque su tono suena profesional, sus ojos me delatan cuando se cruzan con los míos: hay fuego ahí, un deseo contenido que se refleja en mí como un espejo. Me levanto de la silla rápidamente, casi tropezando con la mesa. Necesito distancia, aire, cualquier cosa que me ayude a calmar la tormenta en mi interior. Pero al salir de su oficina, sé que lo he perdido: cada minuto hasta las cinco será una agonía deliciosa, una cuenta regresiva hacia algo que ni siquiera yo sé si deseo o temo más. ***** —Señorita Summers, me retiro. El señor Saint-Claire me dijo que podía marcharme y que el chofer los llevaría a ustedes más tarde. Que tengan buena noche. Me guiña un ojo antes de desaparecer por el pasillo, y por un instante, también yo quiero huir. Pero no puedo. Es la hora.

