Me mira y sonríe con esa dulzura que desarma cualquier defensa. Estira los brazos hacia mí y, sin pensarlo, asciendo un par de escalones para ir a su encuentro. —¿Por qué te levantaste? —susurro mientras la alzo en brazos. Su cuerpo encaja con el mío como si siempre hubiera pertenecido allí. Camino de regreso y la deposito con cuidado en la cama. El roce de las sábanas tibias nos envuelve como un refugio. Me meto junto a ella, la atraigo hacia mi pecho y dejo que su respiración vuelva a acompasarse con la mía. —Desperté y no estabas —murmura contra mi piel, su voz todavía empapada de sueño. —Quise ir a buscarte. ¿Qué hacías? —Fui al despacho —respondo, decidiendo ofrecerle una verdad cercana y que no solo sean mentiras. —Riddell me avisó que me había enviado un correo y quise revisarlo

