—Qué conveniente tener una asistente que lo tenga todo a la mano. Su voz está cargada de ironía, y la sonrisa que acompaña sus palabras no hace más que acentuar la ofensa. Antes de que pueda responder, Riddell se adelanta. —No es conveniencia, señorita Luciana. Es preparación. —Y me mira, dándome otra de esas palmadas invisibles en la espalda que me llenan de orgullo. Luciana frunce apenas los labios, molesta por haber quedado en evidencia. Desmond, mientras tanto, se ha mantenido en silencio, observándonos con esa calma inquietante que nunca logro descifrar del todo. Finalmente, se levanta de su asiento y camina hacia mí. Su sola presencia me impone, como si cada paso pesara en el aire. —Buen trabajo, Serena —dice, tan bajo que solo yo lo escucho. Su voz tiene un dejo de satisfacció

