Aquella noche, llegué a casa de mi abuela completamente destrozada, desilusionada y con lágrimas en los ojos. Apenas me vio, comprendió lo sucedido.
—¡Marisa! ¡Entra, cariño! —dijo mientras me llevaba adentro, a mi antigua habitación. Lara nos siguió. En cuanto me senté en la cama, empecé a llorar otra vez. Mi abuela me abrazó y trató de consolarme, diciéndome que todo iba a estar bien, que era mejor así, sin hijos de por medio y que a veces una separación es lo mejor.
—¡¿Separarme?! Ni pensarlo, abuela —dije mientras me levantaba de la cama, secándome las lágrimas con manos temblorosas pero decididas.
—¡Mari, no lo puedo creer! ¿Vas a quedarte con él? —dijo mi abuela, sus ojos llenos de asombro, reflejando lo mismo que los de Lara.
—Sí, abuela. Él tiene que sentir cada pedazo del dolor que yo estoy sintiendo ahora —contesté, la mezcla de furia y tristeza resonando en mi voz.
—¡Marisa Gamboa! ¡No te eduqué para eso! La venganza nunca lleva a nada, bueno —dijo mi abuela, con una mirada firme. Su rostro era un claro reflejo de esa frase que tanto repetía: “la venganza no es buena, mata el alma y la envenena.”
—¡Ya lo sé! Y, aun así, lo haré, no puedes impedírmelo —contesté, levantando la voz hacia mi tita.
Sabía que me sentiría mal, por eso, en cuanto la ira comenzara a desvanecerse, Lara intervino. —Es mejor que duermas un poco —dijo—. Mañana hablan con más tranquilidad.
Mi abuela me miraba con una tristeza profunda en sus ojos vidriosos mientras Lara la sacaba de mi recámara. Me di una ducha, dejando que el agua caliente intentara lavar mi pesar, y luego me metí en la cama, sumergiéndome en mi miseria.
En un arrebato de ira, me quité el anillo de bodas, porque cada vez que lo miraba, el dolor se intensificaba. Para cuando las lágrimas finalmente cesaron, el cansancio me abatió y me quedé completamente dormida.
Al día siguiente desperté en mi habitación y una sensación extraña me invade; no esperaba regresar aquí y de esta forma.
Escucho los murmullos de mi abuela y Lara, aunque no logro entender sus palabras, especialmente cuando mi estómago empieza a rugir de hambre.
Me siento un poco avergonzada por mi comportamiento de anoche; la culpa por haberle causado tanta preocupación a mi abuela pesa sobre mí.
Al llegar a la sala, ellas se quedan calladas. Están tomando el té, como si fueran viejas amigas. Es evidente que Lara tiene ese don innato de caerle bien a todo el mundo.
—El desayuno está listo —anunció mi abuela con voz melodiosa.
—Siento lo de anoche, tita. Estaba muy enojada y no debí hablarte en ese tono —dije, sintiendo el peso del arrepentimiento.
—No pasa nada. Te entiendo. Eres lo más importante para mí, eres el único recuerdo vivo de tu padre. Y siempre me preocuparé por ti —respondió con una ternura que solo una abuela sabe expresar.
Desayunamos en medio de complicidad silenciosa entre bocados de pan y sorbos de café. Mi abuela preguntó si iría al negocio, y aunque la duda me abrazaba fuerte, asentí. No tenía ánimos, pero ella no necesitaba saberlo.
Subí para encontrar a Lara acomodando sus cosas en mi habitación.
—¿Qué haces? —cuestioné.
—¿No es obvio? Acomodo mis cosas —contestó, su mueca, es rayo de desafío.
—Sí, pero el trato era que solo pasarías una noche aquí —murmuré, tratando de mantener la calma de un océano en calma.
—Ese era el trato contigo. Con tu abuela es distinto, y mucho mejor. Si tienes alguna objeción, díselo a ella —replicó con cara triunfante.
—¡Ay, mi abuela! —exclamé, resignada.
Estaba a punto de salir cuando la melancolía me envolvió como un manto invisible. Las dudas se agolpaban en mi mente.
«Mateo no vino a buscarme durante la noche y no creo que lo haga», pensé.
Sacudo la melancolía y me digo a mí misma: “Puedes hacerlo, eres Marisma Gamboa”. Salgo de casa de la abuela y veo que Lara me sigue.
—¿Y tú, a dónde vas? —la interrogué.
—Contigo, tu abuela me pidió que te ayudara en el local —responde con entusiasmo y una sonrisa de oreja a oreja.
No pude rechazar su ayuda.
Caminamos hacia el local, que está a solo unas cuadras, y para mi sorpresa, una de las señoras de la limpieza que trabaja en la casa de mi suegra está esperando afuera.
—La señora quiere verla. Dice que necesita hablar con usted lo antes posible —me informa.
No entiendo por qué quiere hablar conmigo, y dudo que sea algo bueno. Le pido a Lara que me acompañe y ella acepta sin dudarlo.
Llegamos a la casa de mi suegra, o mejor dicho, de Cruella de Vil. La señora de la limpieza nos llevó a una sala en donde esperamos.
Después de un rato empezamos a aburrirnos, ya que nadie venía. Consideré irme antes de que pudiera insultarme, pero tenía curiosidad y presagiaba que no era nada bueno.
Tras unos minutos más, escuchamos gritos que me ponen nerviosa. Puedo oír la voz de Mateo acercándose, y también a su madre, cerrando de golpe una puerta en la siguiente habitación. Lara y yo nos apresuramos a sentarnos de nuevo mientras escuchamos atentamente la conversación.
—De ninguna manera haré lo que me pides —gritó Mateo.
—Lo harás, no colmes mi paciencia. Ya estuvo bueno de jugar al esposo, es tiempo de que te cases con alguien de tu nivel y dejes a esa cosmetóloga de cuarta —replicó mi suegra.
—No lo haré, madre. Amo a Marisa y no me divorciaré —exclama Mateo, desafiando a su madre.
—Pues veamos si Marisa está dispuesta a seguir contigo después de saber que Clara está esperando un hijo tuyo —dijo Cruella, apuñalando mi corazón con sus filosas palabras. No les negaré que mis ojos de inmediato se llenaron de lágrimas, al igual que el corazón.
—Me haré responsable de mis errores y a mi hijo no le faltará nada, pero no dejaré a Marisa —contestó Mateo, firme.
—¡¿Qué piensas, Mateo?! ¿De verdad crees que la familia de Clara permitirá esto? ¡No, por supuesto que no! Ellos nos harán la vida imposible. ¡Te has metido con una familia demasiado influyente, y no dejarán que su única hija tenga un hijo fuera del matrimonio! —gritó mi suegra, llena de rabia.
—¡Lo sé! Sé perfectamente con quién me metí y, gracias a ti, esto es culpa tuya, madre —dijo Mateo con amargura.
—¡No! No todo es mi culpa. Yo no te dije que te acostaras con Clara, eso fue decisión tuya —respondió ella, enfurecida.
Estábamos impactadas por semejante discusión. Mi estómago se retorcía conforme hablaban. Quería salir de ahí, pero la maldita curiosidad de seguir escuchando era más fuerte que mis ganas de irme.
—¡Tienes razón, es más mi culpa por dejarme manipular por ti! Pero ya no más, madre —dijo Mateo, con firmeza.
—¿Deberías estar agradecido por todo lo que he hecho por ti? —replicó Cruella.
—¡¿Agradecido?! ¿Agradecido por meterme en este lío? Pues ¡gracias, mamá, por haberme j****o la vida! —exclamó Mateo, con sarcasmo y dolor.
—¡Pero Mateo! —gritó mi suegra.
Escuchamos a Mateo alejándose del despacho, y el inconfundible sonido de unos tacones finos haciendo eco en el silencio. Se acercaban a la sala donde estábamos Lara y yo. Sin perder tiempo, nos acomodamos rápidamente en el sillón del cual no sé cómo fue que nos levantamos. Lara me miró y, con suavidad, limpió las lágrimas de mis mejillas.
—No le muestres debilidad, y por favor, trágate tus lágrimas si no quieres que ella salga victoriosa en esto —insistió Lara.
La puerta se abrió, y apareció “Cruella de Vil”, con el ceño fruncido y una nube oscura de furia girando a su alrededor tras su discusión con Mateo.
—Bien. Ya lo escuchaste. Espero que entiendas lo que debes hacer —dijo, arrojando un talonario de cheques sobre la mesa con una frialdad casi palpable.
—Pon la cantidad que te plazca, y desaparece de su vida —añadió, dedicándome, una mirada capaz de congelar el fuego.
La rabia ardía en mi pecho como un volcán a punto de estallar. La idea de que intentara comprarme para alejarme de Mateo era un insulto que no podía tolerar. Lo alejaré de mi vida, sí, pero a mi manera, por mi dignidad y por su traición.
Con determinación, deslicé los talones de vuelta hacia ella.
—Puede quedarse con su dinero. No me hace falta. Y no se preocupe, Mateo ya se alejó por sí solo —dije, levantándome, con una fuerza interior que no sabía que poseía.
Sentía mi rostro arder, rojizo como el amanecer. Lara observaba mi reacción, y con gestos sutiles, manifestaba su desaprobación hacia mi suegra, quien no podía ocultar su desconcierto. En ese momento, comprendí que mi verdadero valor no podía ser tasado, mucho menos, comprado.
—Espero que lo hagas pronto. Quiero que su divorcio sea rápido y sin complicaciones —dijo, sentada cruzando las piernas y levantando una ceja mientras me miraba con desdén.
—Descuide, suegrita —contesté con una sonrisa burlona.
Salí de ahí con el estómago revuelto por la inesperada noticia. Nunca pensé que Mateo podría estar con alguien más. Ahora entiendo su actitud, los mensajes y sus llegadas tarde. Mis lágrimas querían salir, pero mi orgullo me lo impedía. Aun así, me tragaba la tristeza con amargura.
—¿Estás bien? —preguntó Lara.
—Sí —dije, intentando respirar con normalidad para no dejar salir las lágrimas.
—No finjas, sé reconocer la tristeza —dijo mientras caminábamos hacia el negocio.
—¡Si sabes reconocerla, entonces para qué preguntas! —respondí, alzando la voz.
—Está bien, no diré nada. Hasta que tú quieras hablar del tema —dijo, y después calló.
Al llegar al local, abrimos y las clientas comenzaron a llegar. Lara es ágil, atendiendo a las clientas y muy carismática. Todo iba bien hasta que irrumpió Mateo con un gigantesco ramo de rosas rojas. Yo estaba reacomodando el producto mientras Lara atendía a unas chicas que, al verlo entrar, pusieron cara de telenovela, esa expresión cursi que no puede faltar.
¡Vaya! Dicen que el tamaño del regalo es proporcional al tamaño del pecado.
Por un instante, me imaginé golpeándolo con esas rosas, clavándolas en su carita angelical y borrando su sonrisa cínica. Solo imaginarlo fue satisfactorio.
Me quedé en shock unos instantes, y luego volví a la realidad. Solo podía pensar en cómo hacerlo sufrir, así que puse mi mejor cara de sufrimiento. Eso por ahora me sale al natural, ya que en verdad estoy sufriendo.
Mateo se acercó con cara de arrepentido; era tan creíble que casi me convence. De no ser porque escuché la discusión, me hubiera tragado el cuento que se iba a inventar.
—¿Podemos hablar? —. Se acerca a mí con cautela.
Para no ser, la escena dramática de novela ante las clientas, lo llevé a la pequeña bodega del local.
—¿A qué has venido? —pregunté con voz firme y mirada sombría.
—Lo de ayer… puedo explicarlo. Marisa, te amo y no quiero perderte —dijo, con voz de arrepentimiento.
—Esa explicación la esperé toda la noche —respondí, intentando mantener la calma—. Y prefiero hablarlo en casa.
—Está bien, te esperaré en casa. Mari, solo quiero que sepas que estoy dispuesto a hacer lo que me pidas. No quiero perderte, en serio —contestó, con su voz quebrándose al final. Mi silencio fue su respuesta, y en ese instante, se marchó, dejándome con un nudo de tristeza y coraje.
Cuando salí de la bodega, vi a Lara. No dijo nada, solo se dedicó a acomodar los productos en los estantes. Su silencio, tan extraño como el mío, me obligaron a romper el hielo.
—Regresaré a casa esta noche con Mateo —dije finalmente.
—Me lo imaginaba, pero no creí que lo harías —respondió sin levantar la vista, su voz, un reflejo de su sorpresa.
—Solo hablaré con él y regresaré a casa —aseguré, buscando calmar sus preocupaciones.
—ok, tú sabes lo que haces. Yo le avisaré a tu abuela —contestó, retomando su tarea con aparente indiferencia.
—Gracias —respondí.
Al caer la tarde, cerramos el negocio. Sabía lo que me esperaba en casa: mentiras y más mentiras.
Llegué a casa, todo está en orden y huele a comida. No sé por qué, si Mateo no sabe cocinar. Sin embargo, está acomodando la mesa.
—¡Llegaste! Pensé que me dejarías plantado. ¡Mira, compré algo de comida! —dijo, sonriendo de forma que no entiendo cómo puede estar tan tranquilo, sabiendo que será padre.
—Sí, ya veo, pero no tengo hambre, gracias —dije, sentándome en la sala. Al verme, solo dejó lo que estaba haciendo y se sentó conmigo.
—Creo que lo arruiné, ¿cierto? —cuestiona, aun sabiendo su pecado.
—Creo que sí —contesté.
—Pero puedo arreglarlo, Mari. Dame la oportunidad de demostrarte que no miento —. Su desesperación por convencerme me molesta.
—¿Y qué es lo que harás? —interrogué curiosa por escuchar sus mentiras.
—He decidido dejar la carrera —respondió. Esto me dejó desconcertada, pero al mismo tiempo me sirve para hacer enojar a Cruella.
—¿Qué dirá tu madre de esto? —pregunté.
—No me importa lo que diga mi madre. Lo único que quiero es recuperarte, y creo que todo cambió desde que empecé a estudiar —. Y si todo salió mal desde entonces, probablemente ya estaba destinado y escrito por su madre.
—Solo quiero que vuelvas a confiar en mí y demostrarte que de verdad te amo. Me alejaré completamente de ese ambiente si es lo quieres, pero por favor, no te vayas, no te alejes de mí —dijo, tomando mi mano y mirándome con ojos tristes. No tardé mucho en aceptar su propuesta porque, si quería hacerle daño, tenía que tragarme mi orgullo.
Esa noche no llegué a la casa de la abuela; me quedé con él. Después de cenar me di una ducha. Cuando salí, estaba recostado viendo tele. Al ver mi cara, preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —se queja.
Reaccioné de inmediato, cambiando mi expresión porque lo estaba mirando con resentimiento. ¿Cómo es que está tan quitado de la pena?
—No, es solo que… quisiera que me dieras un poco de espacio para procesarlo. —Dije, queriendo que se fuera de la habitación y durmiera en el sofá, porque de ninguna manera dormiría cerca de él.
—Está bien, lo entiendo. Dormiré en la sala —. No muy convencido, se levantó. Agarró una almohada, un cobertor, y salió de la habitación.
—Creo que un beso de buenas noches no estaría de más, ¿cierto? —sugirió antes de salir.
Simplemente, evité su mirada, y él cerró la puerta. Me sentí un poco más tranquila hasta que mi teléfono sonó. Miré la pantalla, era la abuela. Estaba segura de que si le contestaba me regañaría, así que decidí no contestar. Minutos después, quedé profundamente dormida.
Al día siguiente me levanté temprano para hacer ejercicio. Algo que nunca había hecho, pero que ahora quiero hacer. No es por él, es por mí, porque ya no quiero ser la fodonga de la cuadra. Bueno, aunque realmente alejarme de mi pijama será difícil. Estoy tan acostumbrada a su suavidad.
Me puse ropa deportiva y salí a correr. Estaba corriendo por el pequeño jardín del barrio, pero, en serio, ¡les juro que sentía que se me salía el corazón! Mis oídos empezaron a ensordecer y mi vista se nubló. Tuve que sentarme en uno de los bancos para recuperar el aliento.
Mientras me hidrataba, vi a lo lejos a Lara saliendo de la tienda con unas bolsas de mandado. Ella me vio también y me saludó. Me levanté y me dirigí hacia ella. Sin esperar, me dio una de las bolsas.
—¡Haa! ¡Qué bueno que te encontré! Tu abuela me mandó por esto —dijo con una expresión de fatiga.
Tomo la bolsa y la acompaño a casa de la abuela. Vamos platicando sobre mi gran fracaso en el ejercicio. Ella, sin la más mínima vergüenza, se burla de mí en mi cara.
—¡Ja, ja, ja! Eso me hubiera gustado verlo, con razón no traes pijama —dijo entre risas.
—No es gracioso. ¿Y quién te dijo a ti de mi pijama? —dije sería, fulminándola con la mirada.
—¡Ja, tu abuela… uh!, ¡está bien, ya no me río! —dijo tratando de calmarse—. Vamos, tu abuela está preparando el desayuno.
—Debe estar molesta y no quiero arruinarle el desayuno —respondí, tratando de sonar convincente.
—Si está molesta, y aunque lo esté, no cambiarás de parecer. Así que tu abuela, quiera o no, terminará aceptando, o quizá te des cuenta tú misma de que no vale la pena lo que planeas —aconsejo.
—Sí, tal vez tengas razón —admití, dudosa. Notando que llegamos a casa de la abuela.
—¡Marisa! ¿Por qué no respondiste a mis llamadas? —reclamó mi abuela, abriendo de golpe la puerta, tan rápido que me hizo dar un brinco del susto.
—¡Abuela! —grité, sorprendida y nerviosa.
—No piensas cambiar de opinión, ¿verdad? —preguntó, con tono severo y rostro cerrado por la molestia evidente.
—¡No! No cambiaré de opinión. Mateo recibirá su merecido, al igual que la bruja de su madre —dije, con firmeza y algo de resentimiento.
—No tengo idea de qué estás tramando, pero primero desayuna —. Aunque estuviera molesta, me invitó a desayunar y para no hacerla enojar más entre.
Desayune huevos rancheros con frijoles machucados. Que hasta el ejercicio se me olvidó.
Estaba disfrutando de mi desayuno cuando noté que Lara comenzó a reír disimuladamente. La observé con extrañeza, preguntándome si se había vuelto loca por reír sin motivo. De repente, la abuela se unió a la carcajada, lo que me pareció doblemente raro.
—Me perdí el chiste, ¿qué ocurre? —inquirí con curiosidad.
—¿Es cierto que saliste a correr? —preguntó la abuela, conteniendo aún una sonrisa.
—¡Ash! ¡Lara! [se queja] Sí, pero hasta en eso fracasé —respondí, con lágrimas.
Me ganó la melancolía y no lo pude evitar. Mi abuela se levantó y me abrazó mientras Lara se disculpaba, diciendo que no quería hacerme sentir mal.
Después de un momento de silencio, Lara dijo:
—Yo te puedo ayudar. Conozco a alguien sumamente atlético que no te dejará rendirte tan fácilmente como lo hiciste esta mañana —propuso.
—¡Eso es lo gracioso, Mari! —interrumpió la abuela con una risita contagiosa.
—¿Qué es lo gracioso? —pregunté confundida.
—Que saliste a correr, te levantaste temprano y sin pijama, te rendiste tan fácil y ya te encuentras comiendo —contestó entre risa.
—Y llorando —añadió Lara intentando controlar su risa.
—¡Lara! —grité, más por la burla que por el enfado, rogando que se detuviera.
Después de unos minutos de incómoda risa y con el tema zanjado, terminamos de comer. Me despedí y volví a casa, ansiosa por una ducha reconfortante.
Así terminó una mañana peculiar en la casa de la abuela, donde las lágrimas y las risas formaron parte del menú.
Cuando llegué a casa, noté un olor inusual: a quemado. Fui a la cocina y ahí estaba Mateo, rodeado de humo.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
—Intentaba preparar el desayuno —respondió con un suspiro, mientras movía desesperadamente la sartén que ahora reposaba en el fregadero, llena de huevos carbonizados.
—Quería desayunar contigo —dijo, decepcionado de sí mismo—. Nunca en su vida ha metido las manos en la cocina ni por equivocación, y eso es gracias a Cruella de Vil.
—Lo siento. Pero ya desayuné con la abuela —me justificó.
—Bueno, entonces solo prepara algo para mí —. Era de esperarse, ya que lo tengo acostumbrado a encontrar siempre comida en la mesa.
—Lo siento, pero ya es tarde para abrir el negocio. ¿Por qué no ordenas algo en la fonda de la esquina? —contesté, haciéndome la desentendida y recordando todas las veces en las que tuve que desayunar sola y guardar la porción de él.
Subí a mi habitación para darme una ducha, esta vez elegí algo distinto, es un vestido que solía usar cuando comencé a salir con Mateo. Me miré en el espejo y pude ver mi cara sin maquillaje; tengo algunas ojeras y uno que otro grano. Me sorprendió porque antes no me importaba y ahora sí. Me puse un poco de gloss en los labios, un poco de rubor en las mejillas y rímel en mis pestañas.
Bajé las escaleras y vi a Mateo, terminando de limpiar el desastre que había hecho. Se le había caído la cubeta del trapeador y ahora tenía que limpiar de nuevo.
—¡Me voy! Nos vemos al rato —grité mientras bajaba las escaleras y salía por la puerta.
—¡Marisa! ¡Espera! —gritó, alcanzándome—. ¿Te vas sin darme un beso?
—Pero me vas a arruinar el labial —respondí señalando mis labios.
Él sonrió de lado y se acercó para darme un beso que llamé “el beso del ocaso”. Tenía clara intención de dármelo en los labios, pero giré el corazón y terminó en mi mejilla.
—Lo entiendo. Y sé que pronto me perdonarás —dijo con seguridad, sin saber que el día que lo perdone será cuando firme el divorcio bajo mis condiciones.