Capítulo 2

1589 Words
Sus tibios labios repartían excitantes besos por mi cuello bajando por el valle de mis pechos hasta llegar a estimular mis pezones y trazando una fina línea bajando hasta mi abdomen. - ¡Ah! - Un gemido salió de lo más profundo de mi ser. Me sentía muy acalorada, deseosa y a punto de suplicar por más. Su lengua acariciaba lentamente acercándose al punto más sensible de mi cuerpo. - Estás tan húmeda, nena.- Habló esa voz ronca que me hacía estremecer. « ¡ABEL! » - ¿Qué mierda? - Chillé de sorpresa al encontrarlo metido entre mis piernas. - Eres más complaciente cuando estás dormida. - Me regaló una de esas sonrisas que mojan las bragas. - Eres un idiota.- Me defendí bajando mi vestido para cubrir mi cuerpo. La noche anterior me había quedado dormida después de llorar por horas y horas. - Sí no aprendes a controlar esa boquita tuya, te traerá muchos problemas.- Amenazó con seriedad. Sus ojos se oscurecieron y subió a la cama en un movimiento ágil y elegante. - No me tengas miedo, nena. - Habló acercándose a mí. - No... no te tengo miedo. - Respondí intentando controlar el temblor de mis manos y de mis labios. Retrocedí por instinto, pero él me alcanzó y me acorraló hasta lograr quedar encima de mí. Por segunda vez quedamos frente a frente y pude observar cada hermosa facción de su rostro. Su piel morena era perfecta, sus labios se veían apetecibles y sus ojos... Sus ojos eran la maldita perdición. Él bajó su mirada a la curva de mi cuello y acercó su nariz rozándolo delicadamente mientras aspiraba mi aroma. Mi cuerpo entero se estremeció anhelando su cercanía. - Danielle, hueles divino.- Un gruñido salvaje y carnal salió de su boca. Coloqué mis palmas sobre su pecho y empujé de este, pero era demasiado pesado. Abel tomó mis muñecas y las llevó por arriba de mi cabeza. - No, señor Tesfaye...- Supliqué asustada. Tendría que ganarme su confianza, hacerme ver indefensa y sumisa, tal vez así tendría oportunidad de salir. - Buena chica. - Tomó el lóbulo de mi oreja con sus labios y tiró de este. Sentí calor, mucho calor y esa extraña humedad entre mis piernas nuevamente. Suspiré de placer, este hombres sabía muy bien lo que hacía y era exquisito. Sus hábiles manos recorrieron mi cuerpo con dureza, hasta volver a subir la parte inferior de mi vestido. Conquistando cada parte de mí y reclamando como suyo. La tensión en mi vientre y la necesidad de tocar mi sexo para aliviar el dolor me estaba matando. Prueba del deseo que sentía por Abel, el hombre que mandó a que me secuestraran y que ahora me mantenía esclava en su mansión. - ¡Ah... basta! - Un jadeo involuntario se escapó de mis labios. Él hizo caso omiso a mis súplicas y llevó sus ágiles dedos a mi vulva explorando ese prohibido lugar, encontrándose en el camino a mi hinchado clítoris. Sólo gemidos podían salir de mi garganta. Abel besaba, chupaba y mordía mis pezones mientras torturaba mi feminidad con sus abrumadores movimientos. Estaba al filo de tocar el cielo y ver fuegos artificiales. Cuando sus dedos dejaron de hacer contacto con mi húmeda carne íntima y mi cuerpo regresó a la cruda realidad. - ¿Abel? - Protesté frustrada. Necesitaba sus caricias, lo pedía a gritos. - ¿Qué quieres de mí? - Pregunté jadeante. Pero él no contestó - Dame respuestas.- Exigí y él se alejó inmediatamente de mípara recomponer su pulcro traje bordó con n***o. - Vamos, tenemos muchas cosas que hacer hoy.- Contestó ignorando mi pregunta. - Ah, mira... No tengo qué ponerme porque un total idiota me secuestró y ni siquiera tuve tiempo de hacer mis putas maletas. - Hablé con sarcasmo y ira. Más adelante indagaría sobre el por qué estaba cautiva aquí. - No volveré a repetirte esto, cierra la boca si no quieres problemas. - Alzó la voz de forma intimidante mientras arreglaba su corbata. - De acuerdo... - Me limité a contestar. - Lidia te traerá ropa en unos instantes y hoy mismo te llevaré al centro comercial. - Me informó volviendo a ser frío. - ¿Quién es Lidia? - Pregunté curiosa y para buscarle algún tema. Pues no se escuchaba, ni se veía movimiento alguno en esa casa. - Se encarga del mantenimiento de aquí.- Contestó cortante. - Muy bien...- Respondí pensativa. - Te dejo para que te alistes, en una hora saldremos. - Dijo autoritario y abandonó la habitación. Encontré el baño, era bellísimo y muy elegante, antes sólo lo había visto de pasada. Había una bañera de mármol que adornaba la estancia y la ducha era de cristal, en una esquina veía el enorme jacuzzi. Las paredes tenían tonalidades blancas con gris y había un espejo enorme. Tenía todo tipo de aceites, sales, cremas y artilugios para el cuidado de la piel. Entré a la cabina y abrí la llave permitiendo que la cálida lluvia artificial resbalara por mi cuerpo. Lavé mi cabello y cuerpo con un fino gel de jazmín. Cuando decidí salir de mi relajante baño, mis nervios habían cesado casi por completo. Me detuve durante uno largos segundos para observar mi reflejo en aquel enorme espejo en la habitación de baño. ¿Qué vió Abel en mí? Sólo nos habíamos cruzado una vez en nuestras vidas y no fue un buen momento. « Siempre lo deseaste, no habías dejado de pensar en él » Era una verdad, durante cinco largos años estuve fantaseando y soñando con poder besarlo algún día. - Señorita Lavoissiér... - Llamó una dulce y cálida voz a través de la puerta sacándome de mis pensamientos. - Salgo enseguida. - Contesté amablemente mientras me apresuraba. Envolví mi cuerpo en una toalla, al igual que mi largo cabello y salí encontrándome con una mujer bajita de unos cuarenta años, de cabellos rubios y ojos grises. - Soy Lidia, señorita Lavoissiér... Estaré para usted cuando necesite. - Se presentó regalándome una cálida sonrisa y una sensación de seguridad y confianza instantánea. - Muchas Gracias, y por favor... Llámeme Dani. - Le pedí devolviéndole la sonrisa. Me recordaba a Megan... la señora que hacía lo que haceres en casa. - Muy bien Dani, aquí le dejaré la ropita. El señor Abel vendrá por usted enseguida, ¿necesita ayuda con algo? - Preguntó amablemente a lo cuál yo asentí. - Me vendría muy bien una manito para secar mi cabello, ¿Me ayudarías? - Le pregunté con una amplia sonrisa. Mamá lo hacía. Ella asintió y comenzó a ayudarme, una vez que estuve lista le agradecí y ella se retiró, me sentí como en casa. Me acerqué a la ropa y me fijé en que era un vestido n***o que alcanzaba a cubrir mi trasero con un detalle de cadenas doradas en modo de tirantes y unos zapatos con cadenitas también del mismo color. Al parecer al señor Abel le gustaba el color n***o. « Que buen gusto tiene Lidia » Pensaba mientras giraba frente al espejo admirado cómo lucía en aquel fino modelito, algo casual, pero bastante lujoso. Terminé de arreglarme y me recosté a esperar a que Andrew llegará, como eso no ocurrió decidí salir a buscarlo. Debe ser un hombre ocupado, lo entendía. Para mí suerte, la puerta no tenía seguro, lo que era extraño si estaba secuestrada por un mafioso. Caminé por un largo pasillo hasta encontrarme con una escalera la cuál bajé con rapidez. Llegué al living adornado con sofás muy grandes de piel negros, un mini bar y una enorme TV. Seguí caminando hasta que visualicé una puerta entre abierta. « Es la salida » Me apresuré y en cuanto estuve frente a esta, escuché algo devastador. - Es terca, pero lograré domarla, me conoces. - Habló y una sonrisa escalofriante tomó posesión de su bello rostro. Estaba hablando por teléfono. No, joder. No sabe lo de su madre, no te preocupes. - Dijo con fastidio. Sí, adiós señor Lavoissiér. - Finalmente colgó la puta llamada. « ¿Lavoissiér? mi padre me vendió » Mis ojos se nublaron y mi cuerpo temblaba, la rabia se apoderó de mi mente. - Eres un jodido hijo de perra. - Hablé entrando a su despacho. Él se sorprendió, pues no esperaba verme ahí. - Danielle, te di una orden y era que no salieras de la maldita habitación. - ¿Por qué me haces esto? - Mis ojos se inundaron de lagrimas. - Tú padre me debía muchísimo dinero y muchas otras cosas, entonced me ofreció a su hija y yo acepté.- Dije restándole importancia. Sentí una punzada de dolor en mi pecho y a continuación las lágrimas que bajaban por mis mejillas. - ¡Ya deja de llorar! - Habló como un total animal insensible. Él era tan frío y cruel conmigo. - ¿Qué otras cosas te debía? - Exigí saber a la vez que secaba mis lágrimas. - Cosas, cosas que no son de tu incumbencia. Ahora vámonos que se hace tarde. - Habló levantándose de aquella gran silla giratoria de piel. - Sí me incumben maldito imbécil, se trata de mí, mi padre me vendió a mí. - Hablé exasperada y a la vez desafiante. - Se trata de tu madre, Danielle. - De limitó a contar y por su expresión y tono de voz, me di cuenta que no debía seguir preguntando. ¿Mi madre? ¿Qué tiene que ver ella aquí, Abel la conocía? Necesito respuestas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD