El eco de mis órdenes resonaba en la cocina como un trueno residual, un mandato alfa que vibraba en el lazo mental y hacía que los omegas se movieran con precisión lobuna, arrastrando a las tres ratas que se atrevieron a entrar en mi territorio y tocar a mis parejas –sus cuerpos inertes y ensangrentados dejando un rastro viscoso de grava y traición, el hedor a miedo rancio y sangre fresca impregnando el aire como un insulto persistente. La sed de sangre de Asher era insaciable, un torrente de furia primal que rugía en mi interior como un río desbordado, exigiendo torturarlos con garras lentas y colmillos que saborearan cada grito, verlos sufrir hasta que sus huesos crujieran en súplicas rotas. Pero la prioridad era otra, un pulso más fuerte que eclipsaba la venganza: la vida de Luciana, fr

