El silencio de la habitación era tenso y opresivo, un velo pesado que se adhería al aire estéril del hospital como niebla matutina, roto solo por el pitido monótono del monitor que marcaba mi pulso errático, un ritmo que hacía que el cuarto pareciera más pequeño, las paredes blancas cerrándose como un puño invisible. Nadia me miraba con una mezcla de lástima profunda y preocupación genuina que me revolvía el estómago, sus ojos grises nublados por sombras de culpa y secreto, y yo, en mi mente fracturada, me preguntaba cómo diablos había llegado aquí –de una noche de palomitas y risas a este limbo de tubos y dudas, el moretón en mi mejilla latiendo como un recordatorio punzante de golpes y sombras. "¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo llegamos a este lugar?" —pregunté, mi voz entrecortada por la fu

