El agua de la piscina era un bálsamo para el alma, un abrazo fresco y envolvente que se colaba entre mis dedos y lamía mi piel con una gentileza que contrastaba con el caos de los últimos meses, el cloro un aroma limpio y purificador que se mezclaba con el jazmín silvestre del jardín, flotando en la brisa tibia del atardecer inglés. Mientras flotaba bajo el sol filtrado por nubes dispersas –rayos oblicuos que pintaban la superficie en mosaicos dorados y azules, como un cielo líquido–, mi corazón se hinchó de un profundo sentimiento de paz, un alivio tan tangible que me hacía cerrar los ojos y exhalar contra la corriente suave. Nunca había visto a Luciana tan feliz, su rostro relajado en una sonrisa genuina que suavizaba las líneas de preocupación que el estrés había grabado en su frente, c

