Observé, paralizado por un instante que se estiró como eternidad, cómo Adriel salía de la camioneta como un torbellino desatado, un vórtice de furia primal que hacía crujir las bisagras de la puerta y enviaba ondas de calor distorsionador al aire a nuestro alrededor, un hedor sutil a ozono y rabia lobuna filtrándose en la niebla vespertina como un presagio de tormenta. El sol poniente teñía el jardín de vetas anaranjadas y púrpuras, proyectando sombras alargadas que bailaban como espectros en el suelo de grava húmeda, pero nada podía disipar la oscuridad que emanaba de él. Al ver su rostro –contorsionado en una máscara de control fracturado–, comprendí la magnitud del desastre inminente, un nudo de hielo formándose en mi estómago mientras el pulso me martilleaba en los oídos como un tambor

