Capítulo 6

897 Words
Había transcurrido una hora que desde que Jennifer salió de su habitación, el motivo de su aparición fue para recordarle la salida que tenía ese día con su esposo Nathan. Ellos no eran una pareja real; y cualquiera con un poco de sentido común podía notarlo. Una semana antes de su boda, había salido de su casa con dos maletas grandes color café, apenas y pudo llevarse algunas prendas. Era tanta su tristeza y tan nulas ganas de adaptarse a su nueva vida que su ropa seguía en las maletas, en los días posteriores alternaba entre pijamas; su día empezaba en esas cuatro paredes y terminaba en esas cuatro paredes. Y ahora sin más su querido “esposo” le decía que se arreglara para presentarla a sus colegas. Después de tanta indecisión, Ariadna se miraba al espejo, nunca fue una mujer insegura o eso creyó, en esa nueva vida le aterraba el hecho de que el sol saliera. Optó por una falda gris que le llegaba abajo de la rodilla, una blusa blanca, aretes y collar corto en color dorado y unos zapatos de plataforma, cómodos. Su concentración se vio interrumpida por el ruido que hacía su puerta al quitarle el seguro con la llave. Nathan apenas puso un pie en el cuarto, arrugó la frente. —¡Pareces trabajadora de guardería! —Posó una de sus manos en su frente, molesto—. No puedo creer que tenga que presentar como mi esposa a una mujer tan ordinaria. Ariadna apretó los puños, y lo miró minuciosamente; saco beige, camisa blanca, pantalones oscuros de vestir, ese hombre se veía impecable. —Yo no sabía qué tan formal debía vestir—le dijo con la garganta apretada. Nathan bufó de irritación, miró que su reloj de pulsera marcaba las diez con cinco minutos. —Carajo —refunfuño. —Perdón por no tener ropa de diseñador, su excelencia —Ariadna apretó los labios al hablar, asombrada de la forma tan irrespetuosa con la que se dirigía a él. Tal vez verlo borracho y llorón le había mostrado que por más cruel que parezca ese hombre no es más que eso, un hombre. —Veré lo que puedo conseguir, no dejaré que me ridiculices delante de los otros. —Sacó su teléfono, escribió un corto mensaje de texto y solo quedaba esperar. El reloj marcaba las diez y media de la mañana, y Jennifer entró a la habitación con una bolsa de plástico negra y de inmediato se la dio a Nathan. Cuando la mujer abandonó el lugar, Nathan se aclaró la garganta. —Bien, quítate la ropa —le ordenó sin detenerse a meditar en sus palabras. Cómo respuesta obtuvo el golpe de una almohada en su rostro—. ¡Oye! —Idiota —susurró Ariadna. Se mordió el labio inferior en espera de los regaños de aquel hombre, pero él no dijo nada. Nathan apretó la bolsa de plástico, al final, la aventó sobre la cama y le dijo que se pusiera alguna de esas prendas, y se desplazó hacia la salida. Ella observó la cama, suspiró ansiosa y agarró aquella bolsa. … En la calle Valdez número 1524, la madre de Ariadna, Aurora tocaba el timbre de la familia Urriaga. Luego de unos minutos la joven Ruby, ayudante en las labores domésticas de la casa Urriaga, le abrió la puerta con una sonrisa. Aurora esperaba en la sala, el tiempo comenzó a avanzar y Estela no llegaba. Intranquila, se levantó de su asiento y buscó en el pasillo de la entrada a Ruby. Entonces la silueta de Estela se hizo presente, bajaba las escaleras con unas ojeras marcadas y el cabello mal peinado en un chongo. —Estela, ¿estás bien? —preguntó y con una mano se cubrió la boca, su entrecejo se frunció levemente. Estela sin poder mantener el contacto visual, se disculpó por la tardanza, le pidió que se fuera. Aurora soltó una risita nerviosa. Estela le aclaró con las mejillas rojas que sus palabras no eran una broma, con una explicación simple le contó que su hijo no se encontraba bien, incluso tuvo que ser atendido por un psiquiatra, llevaba cuatro días medicado. La impresión de ver a su exprometida casada con su medio hermano fue demasiado. Así que le pedía de favor que tomaran distancia, pues si Iván sabía que ella los había visitado, recordaría a Ariadna y se volvería a poner mal. Aurora asintió. —De verdad que lo siento mucho —la mujer agachó la cabeza—. De verdad no sé qué es lo que le pasa a Ariadna. Estela aceptó sus disculpas y de la manera más amable le suplicó que se fuera. Aurora con un pinchazo en el pecho se giró sobre sus talones y salió de la casa Urriaga. Ella y Estela comenzaron su amistad desde hace muchos años. Conocían sus secretos, sus miedos y alegrías. Quizá por eso su pesar crecía día con día, pues ella conocía a la perfección la historia de su mejor amiga con Iván Urriaga, por ende, sabía sobre el primogénito de aquel hombre. ¿Por qué fue tan ciega que no notó que aquel joven guapo, elocuente y aquel pequeño niño de cara angelical y ojos esmeraldas eran la misma persona? «Nadie puede escapar de sus pecados, supongo», pensó la mujer con melancolía, mientras subía a su auto.
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