Savannah El tic-tac del reloj de pared en mi oficina resuena como un martillo golpeando mi cráneo. Cada segundo que pasa es una tortura silenciosa. Intento concentrarme en los expedientes, en los informes de gastos y en la correspondencia que tengo pendiente, pero mi mente es un laberinto de ansiedad. No he sabido nada de Benedict ni de Kaelen en toda la tarde; asumo que han estado sumergidos en sus reuniones, en sus temas corporativos que, en última instancia, son los que mueven los hilos de esta ciudad. Esa falta de noticias, lejos de tranquilizarme, me mantiene al borde del colapso. Mi corazón late con una frecuencia irregular, un tambor que anuncia una tormenta que sé que, tarde o temprano, estallará. Me obligo a terminar el trabajo. Es un mecanismo de defensa; si me mantengo ocupa

