Benedict Cavendish La habitación estaba sumida en esa penumbra donde los problemas del mundo exterior la oficina, los proyectos de arquitectura, la firma, el apellido que pronto compartíriamos, parecían evaporarse. El silencio de la mansión, que antes nos torturaba con la amenaza de ser descubiertos, ahora nos envolvía como un manto protector. Tenía a Savannah entre mis brazos, su piel aún húmeda por nuestro sudor, su corazón latiendo contra el mío con una cadencia que, poco a poco, empezaba a sincronizarse con la mía. Pasé mis dedos por su cabello, deshaciendo los nudos de la batalla que acabábamos de librar. Fue entonces cuando la sentí cambiar. Se acurrucó más contra mí, buscando un refugio que yo, por primera vez, no quería usar solo para marcar territorio. —Benedict... —su vo

