Savannah Montgomery El agua de la piscina, que al principio se sentía como un alivio refrescante contra el calor abrasador del sol, ahora se transformaba en un conductor de una electricidad que recorría mi columna vertebral, una corriente que solo ellos dos eran capaces de invocar. Estábamos ahí, los tres en el centro de la piscina, sumergidos hasta la cintura mientras la luz de la tarde nos envolvía en una atmósfera irreal, casi onírica. La tensión, que ya era insoportable, alcanzó un punto de ebullición cuando Benedict, sin apartar sus ojos oscuros de los míos, dejó que sus manos viajaran con una calma deliberada hacia la parte inferior de mi bikini n***o. Sentí el roce de sus dedos mojados en mi piel, una caricia que no buscaba la suavidad, sino la posesión. Con un movimiento rápido

