Savannah El silencio en la habitación es lo primero que noto al despertar. La cama de Benedict está vacía, la sábana a mi lado, fría, como si su ausencia fuera un recordatorio de que mi vida ahora oscila entre el dolor y una servidumbre que, por momentos, me hace olvidar quién era yo antes de cruzarme con ellos. Me siento con cautela; mi cuerpo es un mapa de dolores punzantes, especialmente en la zona baja de la espalda y las nalgas, donde los azotes aún se manifiestan como una presión constante y ardiente. A pesar de todo, mi mente está extrañamente despejada. Sé cuál es mi lugar. Sé lo que se espera de mí. Camino con pesadez hacia mi habitación, mis pies descalzos hundidos en la alfombra. El agua caliente de la ducha es una caricia necesaria para aliviar la tensión de mis músculos. C

