Mercedes a pesar de su dolor, decidió enfrentar la realidad y visitar los escombros de la que fue su casa. Acompañada por su hija Esther, su mejor amiga Sarita y su nuevo amor: Miguel, se dirigió al lugar que una vez fue su hogar. El sol brillaba con una intensidad deslumbrante, como si intentara compensar la oscuridad del corazón de Mercedes. Al llegar, el grupo se detuvo en la entrada de lo que solía ser un jardín vibrante y lleno de vida. Ahora, solo quedaban cenizas y restos carbonizados. Mercedes respiró hondo, su pecho subía y bajaba mientras intentaba contener las lágrimas. Esther le tomó la mano, ofreciendo un silencioso apoyo. —Mamá, estamos aquí contigo —susurró Esther, intentando mostrarse firme. Sarita, con lágrimas en los ojos, se acercó a Mercedes y la abrazó con fuerz

