El viento hacía de las suyas a esa hora, por lo que me abracé a él, tenía frío, pero no quería irme. Pasó sus brazos por mis hombros y me apretó contra él. Su aroma impregnaba todo. Era una mezcla de perfume y de hombre, era exquisito y me encantaba. Siempre me gustó su olor, desde niña, y me hizo transportarme a ese tiempo maravilloso que viví con ellos, con él, con Martina y su familia. Sentí sus labios en mi cabeza, un suave beso que me estremeció y despertó más mariposas en todo mi cuerpo. ―¿No te molesta estar así, que te vean conmigo? ―susurró en mi oído. ―Claro que no ―respondí apenas. Miguel era mi amigo y no me avergonzaba de él; al contrario, por salvar a un niño quedó en esas condiciones, y pudo haber muerto. En verdad yo agradecía que no. Además, tampoco es que su cara hu

