Lizzy durmió plácidamente toda la noche. Al despertar, apenas recordaba los sucesos de los días anteriores. —¡Diablos, estoy casada! — murmuró, incrédula, mirando su alianza. Se puso la bata y corrió las cortinas. El sol iluminaba con fuerza la habitación. Buscó su celular y encontró mensajes de su tío y de Lucía, ambos preguntando cómo iba todo. Contestó escuetamente, sin dar detalles. Pero de él, ni rastro. Arqueó una ceja. Supuso que estaría trabajando, o con alguna chica complaciente. Tal vez con esa heredera rubia con la que aparecía en las revistas. En realidad, no le importaba mientras no la molestara. Se dirigió a la cocina y, al instante, apareció una mujer de unos treinta años, sonriente y atenta. —Buenos días, señora Alvear. Soy Lupe Cardona, su asistente. El señor Alvear d

