Llegó el domingo y como solía pasar, la casa de Makena se llenó de música y conversaciones animadas. Mercedes, María, Maite y Miranda ayudaban a su madre, Grace, a poner la mesa. Los maridos de María y Maite habían encendido el fuego y la carne comenzaba a asarse. Makena apenas había podido dormir la noche anterior, no podía dejar de pensar en aquel beso. Se culpaba a sí misma por permitirlo, pero a la vez agradecía el haberlo hecho. Todas las sensaciones que la habían atravesado con aquel simple roce se parecían demasiado a lo que siempre había soñado. De no haber estado en un lugar público, no se creía capaz de haber frenado. Eso era demasiado alarmante. La respuesta de Tomás con aquel emoticon, en el que guiñaba un ojo, no había sido demasiado alentadora. Estaba claro que Tomás er

