CAPÍTULO 1: LA JAULA DE CRISTAL
El rugido sordo del motor del Rolls-Royce Phantom n***o cortaba la fría noche de la ciudad como una bestia herida recorriendo el asfalto. Las luces de los rascacielos y los anuncios de neón se reflejaban de forma intermitente en las ventanas blindadas y polarizadas del vehículo, creando un juego de sombras distorsionadas dentro de la cabina trasera. Un habitáculo que, en ese momento, se sentía tan claustrofóbico y asfixiante como una tumba de lujo.
Alessia Brooks permanecía encogida contra la portezuela derecha, intentando absorber el menor espacio posible. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, aferrándose a sí misma en un intento desesperado por aplacar el temblor incontrolable que sacudía todo su cuerpo. La seda roja del vestido, que horas antes había sido su condena en el escenario del Emerald Room, ahora se sentía como una segunda piel helada. El contraste entre la calefacción perfecta del auto y el frío que nacía desde lo más profundo de sus huesos la hacía sentir enferma. Su mente era un caos de preguntas sin respuesta, un torbellino de pánico y fatiga.
¿Qué iba a pasar con ella? ¿Dónde la llevaba ese hombre? ¿Qué significaba exactamente haber sido "comprada" por cinco millones de dólares?
Al otro lado del espacioso asiento, separado de ella por una distancia que se sentía como un abismo, se encontraba Nikolai Volkov.
El Pakhan no se había movido ni una sola vez desde que subieron al automóvil. Mantenía las piernas largas cruzadas con una elegancia aristocrática, con la espalda apoyada firmemente contra el cuero n***o del asiento. La luz tenue de una tableta corporativa iluminaba parcialmente sus facciones duras, acentuando la línea severa de su mandíbula y el brillo gélido de sus ojos grises mientras leía informes financieros y logísticos de Volkov Holdings.
Parecía completamente ajeno a la presencia de la mujer que temblaba a su lado. Actuaba como si comprar a una persona en una subasta clandestina fuera un trámite empresarial más en su agenda diaria, una simple transacción de activos. Esa indiferencia corporativa, combinada con el aura de violencia implícita que lo rodeaba, aterrorizaba a Alessia más que los gritos del club.
—¿A... a dónde me lleva? —la voz de Alessia rompió el silencio del auto, sonando apenas como un hilo roto de aire.
Nikolai no levantó la vista de la pantalla. Sus dedos largos se deslizaron por el cristal del dispositivo con parsimonia. El pesado anillo de oro con el escudo de su familia brilló bajo la luz artificial. El silencio volvió a instalarse en el vehículo, denso y pesado, como si él la estuviera castigando por el simple hecho de hablar sin su autorización.
Alessia apretó los dientes, sintiendo cómo una chispa de esa indignación rebelde que la había salvado en el escenario volvía a encenderse en su pecho. No era una esclava sin voz, por mucho que él hubiera pagado una fortuna por ella.
—Le he hecho una pregunta —insistió, esta vez con el mentón un poco más alto, aunque sus manos seguían temblando—. Mínimo merezco saber qué piensa hacer conmigo después de... de ese horror. ¿Me va a encerrar? ¿Me va a devolver a mi familia?
Esta vez, Nikolai se detuvo. Apagó la tableta de golpe y la dejó sobre el compartimento central. El movimiento fue tan pausado que pareció una amenaza en cámara lenta. Lentamente, giró la cabeza hacia ella. Cuando sus ojos grises e invernales se clavaron en los de Alessia, el aire pareció congelarse dentro del Rolls-Royce.
—En mi mundo, Alessia, nadie merece nada si no se lo ha ganado primero —la voz de Nikolai descendió como un susurro barítono, espeso y cargado de una autoridad implacable—. Y la última vez que revisé las leyes de la física y las del mercado, cuando pagas cinco millones de dólares por una propiedad, no la devuelves al día siguiente.
Él se inclinó hacia delante de forma repentina, invadiendo su espacio personal con la soltura de un depredador que acorrala a su presa. Alessia se pegó aún más contra el cristal de la ventana, pero no apartó la mirada. El aroma a sándalo, tabaco de alta gama y el sutil olor a acero limpio que desprendía el cuerpo de Nikolai la envolvió por completo, nublándole los sentidos.
—Tu padre cometió el error de jugar con el dinero de la Bratva —continuó Nikolai, sus ojos fijos en los labios temblorosos de la chica—. En la mafia rusa, las deudas de sangre se pagan con sangre. Yo saldé el error de tu familia. Compré tu vida, lo que significa que cada suspiro que das a partir de esta noche me pertenece. No eres libre, Alessia. Trabajarás para mí, bajo mis reglas y en mi territorio, hasta que decida que has pagado cada centavo de ese dinero.
—¿Trabajar? ¿De qué? —el corazón de Alessia dio un vuelco violento en su pecho, la palabra "prostituta" flotando en el aire como una sentencia de muerte—. Si piensa que yo voy a... que me prestaré para lo mismo que querían esos cerdos en el club, prefiero que me mate ahora mismo. No me voy a doblegar ante usted.
Una sombra de algo parecido a la diversión, una chispa oscura y fugaz, cruzó los ojos grises del mafioso. Nikolai estiró una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el mentón de Alessia con el dorso de sus dedos. La piel áspera y cálida de él contra la delicadeza de ella provocó una descarga eléctrica que la hizo contener el aliento.
—Si hubiera querido una mujer para mi cama por una noche, habría elegido a cualquiera de las cientos que suplican por mi atención gratis, ratita —susurró Nikolai, ejerciendo una presión mínima pero firme para obligarla a mantener el rostro levantado—. No gasto millones en mercancía común. Te compré porque vi algo en tus ojos que me pertenece. Tu trabajo consistirá en lo que yo decida, cuando yo lo decida. Por ahora, tu única obligación es obedecer y sobrevivir en mi jaula.
Antes de que Alessia pudiera procesar el insulto o el significado de sus palabras, el automóvil redujo la velocidad y giró, adentrándose por un imponente camino privado custodiado por altos muros de piedra y cámaras de seguridad de grado militar. Segundos después, el Rolls-Royce se detuvo frente a la entrada principal de una majestuosa mansión de arquitectura gótica y moderna a las afueras de la ciudad. El lugar exudaba un lujo opresivo; era una fortaleza impenetrable rodeada de árboles oscuros que parecían vigilar el perímetro.
El chofer se apresuró a abrir la portezuela de Nikolai. El gigante ruso bajó del vehículo con la elegancia innata que lo caracterizaba y, sin mirar atrás, comenzó a caminar hacia la escalinata de la entrada.
Yuri, el lugarteniente que venía en el asiento delantero, le abrió la puerta a Alessia con un gesto rígido pero extrañamente respetuoso.
—Bájese, señorita Brooks. El Pakhan no tolera retrasos —advirtió el hombre en voz baja.
Alessia salió del auto, sintiendo que sus piernas eran de gelatina. El viento helado de la madrugada golpeó su piel descubierta, haciéndola tiritar con violencia. Subió los escalones de piedra siguiendo la imponente silueta de Nikolai, cruzando el umbral hacia el interior de la mansión.
Si el exterior era impresionante, el vestíbulo la dejó sin aliento. Suelos de mármol n***o pulido que reflejaban las lámparas de cristal de roca, paredes adornadas con obras de arte invaluables y una majestuosa escalera doble que conducía a los pisos superiores. Sin embargo, no se respiraba calidez; era el hogar de un monstruo, un palacio de hielo diseñado para aislar al mundo exterior. Dos sirvientas vestidas con uniformes impecables esperaban en perfecta fila, con la cabeza baja.
Nikolai se detuvo a la mitad del vestíbulo y se giró hacia una de las empleadas.
—Daria, lleva a la señorita Brooks a la suite de la sección este. Asegúrate de que tenga todo lo necesario. A partir de mañana, sus movimientos están restringidos a las áreas comunes de la casa bajo supervisión. Si intenta acercarse a las salidas principales, los guardias tienen órdenes de actuar.
—Entendido, señor Volkov —respondió la mujer con voz sumisa.
Nikolai volvió a fijar sus tormentosos ojos grises en Alessia. La examinó de arriba a abajo, deteniéndose en la forma en que el vestido rojo contrastaba con la palidez fantasmal de su piel y las ojeras de cansancio que empezaban a marcarse bajo sus ojos.
—Quítate ese vestido —ordenó Nikolai, su tono volviéndose gélido y categórico—. No quiero volver a ver el uniforme de ese club inmundo en mi casa. No quiero nada que me recuerde de dónde te saqué. Mañana a primera hora empezará tu nueva realidad, Alessia. Te sugiero que descanses, porque no suelo ser un hombre paciente con los juguetes defectuosos.
Sin esperar una respuesta, Nikolai se dio la vuelta y subió por las escaleras principales, desapareciendo en el ala oeste de la mansión con pasos que hacían eco en la inmensidad del lugar.
La sirvienta se acercó a Alessia con una timidez evidente. —Por aquí, señorita. Por favor, sígame.
Alessia caminó detrás de la mujer por los interminables pasillos alfombrados del ala este, sintiendo que cada paso la alejaba más de la vida que conocía. Finalmente, Daria abrió una doble puerta de madera tallada, revelando una habitación que era más grande que todo el apartamento donde ella vivía con su familia. Una cama king size con sábanas de seda gris, un baño privado de mármol y un ventanal enorme que daba hacia los jardines traseros y el bosque.
—Hay ropa limpia y de su talla en el vestidor, señorita. El señor Volkov se encargó de eso antes de que llegaran —dijo la empleada antes de hacer una reverencia y salir, cerrando las pesadas puertas detrás de sí.
El sonido del pestillo al encajarse resonó en el silencio de la habitación como el disparo de una pistola. Alessia corrió hacia la puerta y giró la manija con desesperación. Estaba bajo llave. Estaba encerrada.
Un sollozo ahogado escapó finalmente de sus labios, el primero que se permitía en toda la noche. Apoyó la espalda contra la madera y se deslizó lentamente hasta el suelo, escondiendo el rostro entre las rodillas. El peso de su situación la aplastó por completo. Estaba atrapada en la fortaleza del líder de la mafia rusa, a merced de un hombre que la veía como una propiedad de cinco millones de dólares.
Sin embargo, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, las palabras de Nikolai resonaban en su mente: "Te compré porque vi algo en tus ojos que me pertenece". Alessia miró sus manos, que aún conservaban el fantasma del calor de la mano de Nikolai, y apretó los puños. Él creía haber comprado a una muñeca sumisa que se rompería ante sus reglas, pero Alessia estaba dispuesta a demostrarle al lobo que, incluso en su jaula, ella no dejaría de luchar.