Madison no para de burlarse de su marido, tal y como él presintió que pasaría. Salieron del restaurante y ella, todavía riéndose del asunto, y el esposo, lejos de molestarse, también quería reír, pero se sentía demasiado avergonzado. —Ya fue suficiente, cariño. —Se quejó Arnaldo en buen plan. —No sabes cuánto me divierte, que te hayan tomado el pelo, y más una persona que te hacía morir de celos. —se burla. —Eres muy mala, por tal razón te mereces ser castigada. —Por favor, no lo hagas, prometiste que cambiarías. Ella reaccionó con miedo y su sonrisa se borró. —¿A qué te refieres? —cuestiona al ver su repentino cambio. —Dices que me vas a castigar, te suplico que no lo hagas. Tus castigos son odiosos y pueden llegar a matarme—. Ella bajó la mirada. —Cariño, lo siento si te hice pen

