Durante la semana, decidí venir a ver a mis padres y a mis hermanos a la casa. El más pequeño, Malik, solo tiene un año y Adrián le lleva siete. Mis padres son especiales. A pesar de las complicaciones con mi hermano Adrián que tuvieron durante el embarazo, ellos andan como conejos todo el tiempo y cerraron con broche de oro teniendo por último a Malik. Anhelo tener una relación así, llena de confianza, amor y respeto. No recuerdo que hayan tenido una pelea nunca. A pesar de los años, presumen ante los demás la perfecta relación que tienen. Parecen dos adolescentes enamorados.
Alaia anda perdida con Logan, hace tiempo no la veo, ni siquiera visita la casa. Es comprensible, pues ya tiene su familia con él.
—Has estado desconectado de todos nosotros. ¿Todo bien en la oficina? — me cuestionó mi padre.
—Sí, papá. Todo genial.
—¿Qué hay con esa sonrisa de oreja a oreja? Esa tonta sonrisa como que la conozco.
—¿De qué hablas?
—Yo también. Es la misma que se reflejaba en tu padre — comentó mi mamá.
—Mira nada más quién habla — mi papá rodeó su cuerpo por la espalda.
—Siempre comportándose como dos tortolitos ardientes delante de los solterones.
—Estás soltero porque quieres.
—Quisiera aprovechar el momento ahora que estamos juntos. Verán, me gusta una chica, pero no sé cómo confesarle mis sentimientos. Es complicado, porque me pongo muy nervioso cuando la tengo cerca. ¿Podrían darme un consejo?
Mi mamá soltó una carcajada y me quedé mirándola.
—¿Por qué te ríes, mamá? ¿Qué te causa tanta risa?
—Escríbele una carta — rio más fuerte, y mi papá le dio una nalgada que resonó en la antesala.
Estos dos no se comportan ni conmigo presente.
—Con tu madre sí funcionó.
—No lo entienden. Ella es especial. Sé que debo ser directo, ir sin rodeos, demostrarle interés, pero es que me pongo todo pendejo cuando me sonríe. Los huevos se me suben a la garganta y hasta me ahogo.
—Díselo de frente. Suéltalo como te salga.
—Cuéntanos, picaron. ¿Cómo es la chica? — mi mamá se sentó al lado mío y mi papá al otro lado.
—Suelta la sopa.
En mi mente solo se cruzaba la imagen de la primera vez que la vi, y relamí mis labios.
—Es muy hermosa. Tiene unos ojos avellanas. Una cintura y unas caderas poderosas.
—¿Estás describiendo a tu madre?
Mi mamá le dio un sutil golpe en el brazo a mi papá.
—No solo es hermosa físicamente, sino que como persona es la mujer más increíble que alguna vez haya conocido. Es inteligente, honesta, sencilla, independiente, optimista, trabajadora. Tiene un sinnúmero de cualidades que me enloquecen. Tiene este encanto único y especial que no solo te vuelve loca las hormonas, sino que te hace vibrar el alma. Es un sentimiento desconocido, pero increíblemente fascinante.
—Es tan lindo oír a mi hijo hablar de esa manera. Significa que no solo te gusta, estás bien enamorado de esa mujer.
—Sí. Es solo que, a veces pienso que es muy pronto y que, tal vez ella saldrá huyendo si me confieso tan rápido.
—Si el sentimiento es mutuo, lo sabrás en ese preciso instante.
—Tu madre tiene razón, hijo. A veces las palabras sobran. Analiza su reacción cuando está cerca de ti. Una mirada o un gesto puede delatar lo que ocultamos en el interior y que, a veces por miedo no decimos. No puedo juzgarte, yo también desconocía todo eso. Mira lo irónica que es la vida; soy capaz de detectar cuando alguien me miente o me oculta cosas, pero a tu mamá me costó mucho descifrarla. Los mismos nervios que tienes tú ahora, los tuve yo en un momento dado, por eso mismo te diré lo siguiente: lánzate de lleno y sin paracaídas, apacigua el golpe en los brazos de esa dama; porque digamos las cosas como son, ¿quién podría resistirse al encanto de mi hijo?