Hace apenas unos minutos, Sebastián se movía por la cocina con la misma seguridad con la que un general dirige tropas—aunque en su caso, el campo de batalla era la estufa. Sin necesidad de decir nada, mi café llegó hasta mi plato, preparado con una precisión que daba miedo. Pero ahora... Esa calidez se había esfumado por completo. Su postura cambió en un segundo: se enderezó, tensó la mandíbula, y sus ojos adquirieron ese filo que podría partir un diamante. La energía que antes lo envolvía como una manta cómoda, desapareció al instante, reemplazada por un frío que te hacía pensar dos veces antes de acercarte. Su mirada se clavó en la puerta. Fuera quien fuera, estaba a punto de empaparse en escarcha. "Yo abro," soltó él ya caminando hacia allí, esa manera controlada

