Mi propuesta quedó flotando entre nosotros, y observé cómo la mirada de Sebastián cambiaba: de intensa a algo más oscuro, más hambriento. Casi animal. Su nuez se movió con una lentitud calculada al tragar, el sonido llenando el espacio silencioso. No dijo ni una palabra, ni un aviso; su mano se deslizó a mi rostro, dedos presionando suave pero firme mi mandíbula, y sus labios se estrellaron contra los míos. Ese beso no tenía nada de delicado. Era puro dominio. Sus labios ardían, se movían sobre los míos con una urgencia que me dejó sin aire. Me besaba como si llevara años sin tocarme, y yo... simplemente me deshice. Ni una sola idea coherente me quedó. Las piernas me fallaron, y cuando se alejó apenas un poco, tuve que sujetarme para no caer. No me dejó caer. Con un solo m

