En ese tranquilo pueblito de montaña, Esther y su madre estaban sentadas en absoluto silencio. La tensión, cargada de pensamientos que no se atrevían a decir en voz alta, las rodeaba como un manto invisible. "A nuestra Cecilia la maltrataron horrible, y nosotras sin poder hacer nada," murmuró Esther, apretando con más fuerza el pescado que estaba limpiando. Sus ojos mostraban de pronto un brillo desesperado. "Mamá, ¿y si... y si nos vamos a Colorado Springs a decirle a los Locke que Cecilia existe? Nosotras no podemos cuidarla, pero ellos sí." La mujer mayor apretó los dedos alrededor del pescado seco que tenía en las manos. Su mirada, enturbiada por los años y por la desconfianza, se encendió con una alarma casi salvaje. "Ni se te ocurra," respondió con total firmeza. "Cua

