La lluvia golpeaba las ventanas como puños desesperados. Alicia bajó las escaleras lentamente, sintiendo cómo el ambiente se tensaba con cada paso. Anderson estaba en el recibidor, mojado, sus cabellos pegados a la frente, y su expresión revelaba algo que iba más allá de la preocupación: era urgencia pura. Mark estaba a su lado, y aunque lucía igual de mojado, sus ojos ardían con una determinación que Alicia había visto pocas veces en él. —Alicia, necesitamos hablar. Todos. Ahora —dijo Anderson, su voz grave cortando el aire como vidrio roto. Las amigas emergieron de la sala detrás de ella. Lisbeth fue la primera en notar la seriedad del ambiente. —¿Qué sucede? —preguntó Isabel, su tono perdía ese matiz de seguridad que siempre la caracterizaba. Anderson respiró profundo, mirando a Li

