No cabía en mí, Don me miraba como si yo fuera la estrella más bonita del cielo. Don, Don Messina, quien lucía como un dios griego y era poderoso y cotizado, inalcanzable Don Messina, era ahora mi Don, mi novio, no lo podía creer. —¿De qué te ríes?—preguntó mientras conducía. —No me creo nada de esto. —¿Estás Feliz? —Sí. ¿Pero no te pareció un poco dramático y exagerado lo de mandar a Anne a cortar el contrato? Fue doloroso —admití. —Lo siento amor. Lo siento mucho, pero quería que fuera así de dramático y definitivo. Se inclinó sobre mí y me dio un beso en la frente y otro en los labios. Dios mío estoy enamorada de él. Muy enamorada de él, pensé. Lo adoraba, adoraba verlo mirarme como lo hacía, su voz, todo él, no solo era una atracción física y tuve miedo. —No me hagas daño Do

