Me desplomé sobre las mantas, y antes de que mi cabeza tocara la almohada, la oscuridad me tragó. Pero no fue una oscuridad vacía. Poco a poco, el frío de la Sexta Esfera se disolvió y fue reemplazado por una calidez dorada que olía a miel, jazmín y tierra húmeda. Mis pies ya no sentían las botas de cuero, sino la caricia de una hierba tan suave que parecía hecha de seda. Estaba en un lugar que no debería existir. El cielo no era azul, sino de un color violeta pálido con vetas plateadas que se movían como auroras boreales incluso a plena luz del día. El Umbral. —¡Alana, no vas a atraparme! —Una risa cristalina me hizo girar. Vi a una niña pequeña, de unos siete años, con el cabello castaño claro volando tras ella. Era Lili, mi hermana. Llevaba un vestido sencillo de lino blanco y sus

