Sentí el calor de su piel quemándome los muslos mientras me acomodaba sobre él, buscando ese punto exacto de fricción que nos estaba volviendo locos a ambos. El contraste era absoluto: la firmeza de sus manos ancladas en mis caderas frente a la suavidad con la que mi cuerpo lo envolvía. Me elevé apenas unos centímetros, lo suficiente para sentir el aire frío de la habitación antes de volver a bajar con lentitud, saboreando cada milímetro de la presión que ejercía dentro de mí. Sus dedos se hundieron con fuerza en mi carne, guiando el ritmo, y el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas llenó el silencio. —Más —gruñó él, con la voz rota por el deseo. Me incliné hacia adelante, dejando que mi cabello rozara su pecho, y apoyé las palmas sobre sus hombros para ganar estabilidad. Empec

