Silas me ayudó a levantarme, pero su mirada no estaba puesta en mí, sino en una figura que se materializaba a unos metros, entre la bruma grisácea de la Zona Muerta. Era Crogan, pero no el General que conocíamos. Estaba arrodillado sobre la piedra negra, con la cabeza gacha. El aire a su alrededor vibraba con una estática violenta y sus hombros subían y bajaban con una respiración sibilante, casi animal. —¡Crogan! —grité, intentando dar un paso hacia él, pero Silas me detuvo en seco, poniendo su brazo firme frente a mi pecho. —Espera,Alana. Algo no está bien —advirtió Silas con la voz cargada de una frialdad peligrosa—. El salto dimensional a través del Cielo es veneno para un demonio que no tiene un ancla. Su esencia se ha fracturado. Crogan levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, que

