El despertar de la gema

1516 Words
En el reino de Norde, la reina se encontraba muy feliz de a ver recuperado a su pequeño hijo, tomó unos chocolates y se sentó con él junto a la chimenea. ―Mi pobre pequeño no me imagino lo mal que la pasaste, no sé qué hubiera hecho si te hubiera pasado algo ¿porque te fuiste? ―Le preguntó la reina, pero el príncipe no quiso contarle la verdad y le dijo que solamente quería dar un paseo, la reina lo abrazó y lo acostó en su regazo mientras acariciaba su cabeza. ― ¿Madre hay alguna enfermedad que ponga el cabello como la plata y evite el frío? ―preguntó el niño. ―Nunca escuche algo parecido, pero si lo hubiera, más que enfermedad parece un milagro ¿Quién te ha dicho de tal enfermedad? ― lo leí en un libro ―le respondió el niño, ya que había hecho la promesa de guardar el secreto de su pequeña amiga ―Bueno mi pequeño no todo lo que leemos y escuchamos es cierto ―le dijo la reina y le dio un dulce beso en la frente Los años pasaron y el niño creció, él y la niña seguían frecuentándose desde aquel día por lo cual se habían vuelto los mejores amigos. ―Adriel te estaba esperando, ¿hoy que me enseñaras? ―dijo la muchachita de cabellos color plata. ― ¿Qué te pasa? ―preguntó al ver la tristeza reflejada en los ojos de Adriel. ―Ainé ―le dijo tomándola de las manos ―Mi padre me mandara a Reibit a entrenar para la guerra. ―Pero vendrás a verme aunque no sea todos los días ¿verdad? ―preguntó Ainé con los ojos llorosos, aguantando sus lágrimas ―No Ainé, Reibit está muy lejos, no podre venir a verte ―dijo el príncipe con mucha tristeza. ― ¿Cuánto tiempo te iras? ― No lo sé tal vez años. ―Pero eres mi mejor amigo, mi único amigo ―dijo Ainé no pudiendo contener más sus lágrimas y derramándose en sus mejillas, Adriel la abrazó y secó cada una de ellas. ―Te prometo que cuando regreses lo primero que haré será venir a verte ―Le dijo acariciándole sus rojas mejillas. ― ¿Enserio? ¿Lo prometes? ―Si Ainé, lo prometo ―la abrazó una última vez y subió a su caballo. Aine miro como se alejaba mientras las lágrimas no dejaban de fluir por sus mejillas. Los días pasaron y Ainé salía cada uno de ellos a mirar por el camino esperando el día en que Adriel regresara, pero ya habían pasado casi tres años y Adriel a un no volvía, así que dejo de esperarlo. “Tal vez se dio cuenta que no podía seguir siendo amigo de una pobre campesina como yo, después de todo él es un príncipe” pensó. Pasaron los años y Ainé se convirtió en una hermosa mujer de cabellos largos y brillantes color plata, su silueta era perfecta todo lo que un hombre podía desear, si su abuela le permitiera salir seguro le sobrarían pretendientes, pero su abuela no se lo permitía y ella no pensaba desobedecerla y menos ahora que su abuela se encontraba muy enferma. Un día salió al bosque recoger hierbas para la medicina de su abuela, pero unos soldados recorrían la zona buscando a una vieja hada que había escapado, al verlos Ainé quiso correr pero tropezó con uno de ellos que se encontraba a sus espaldas ― ¿Quién eres tú? ―dijo el soldado mientras la tomaba por las manos―eres muy hermosa, debes de ser una descendiente. ― ¿Quién eres? ¿Dónde está esa vieja hada? ― Dijo otro soldado tomándola por el cabello, Ainé no podía hablar del miedo que sentía, no podía entender porque esos hombres estaban tan molestos con ella, si ni siquiera la conocían ―Contesta maldita hada ―le dijo mientras le dio una bofetada tan fuerte que la hizo caer, al instante la nieve empezó caer con tal intensidad que era casi imposible ver a través de ella. ― ¿Qué está pasando aquí? ― Se escuchó una hermosa voz grave, Ainé levantó el rostro y logró vislumbrar a un hombre muy guapo y fornido de cabello n***o y ojos color aceituna, al verla en el suelo le ofreció su mano y la levantó, Aine sentía su mejilla arder la mano del soldado se marcó en su rostro al instante ― ¿Qué le han hecho a la señorita? ―dijo el general que había quedado cautivado con la gran belleza de Ainé, nunca había visto tal belleza en una joven, ni siquiera las descendientes de las hadas que tenían la fama de ser las más bellas eran tan hermosas como Ainé ―Mi general es una descendiente mire sus cabellos, ella debe de saber dónde se encuentra esa vieja hada, seguro ella la escondió. ― ¿Eso es verdad? ―preguntó el general con delicadeza. ―No señor yo…yo no soy un hada, mis cabellos son de este color debido a una enfermedad que padezco y no conozco a ni un hada ― ¡ESTA MINTIENDO! ―gritó el soldado que la abofeteo, el odiaba a las hadas y sus descendientes. ―No señor no miento, mi abuela está muy enferma y vine a recoger hiervas para su medicina ―se apresuró a decir Ainé. ― ¿y dónde está tu abuela? ―preguntó el general ―En casa señor, yo vivo cerca de aquí. ― Ven sube te llevaré a tu casa ―Ainé dudo pero pensó que de cualquier manera no tenía otra opción así que subió al caballo del general. Al ver la ligera ropa que traía puesta Ainé el general creyó que tendría frio, así que tomó su abrigo y la cubrió, Ainé lo aceptó ya que su abuela le tenía dicho que no le dijera a nadie que no sentía frio, el único que sabía era Adriel pero no se encontraba ahí. El general la llevó a su casa y al ver la vieja cabaña que parecía mantenerse en pie de puro milagro, sintió lastima por ella al pesar en todo lo que habría sufrido ―Muchas gracias señor ―dijo Ainé inclinándose un poco, había leído que los plebeyos tenían que inclinarse ante los nobles y al ser el un general seguramente era un noble, el general sonrió al ver su torpe reverencia. ―Voy a pasar a ver a su abuela, espérenme aquí ―les ordenó el general a los soldados. ―No…no es necesario ―dijo Ainé, no le tenía tanta confianza como para dejarlo entrar, pero aun así el general no se detuvo y entró. ―Llámame Yanick , general Yanick ―le dijo el abriendo la puerta para entrar. ―Señor…general Yanick ella es mi abuela ―le dijo señalando a la anciana que se encontraba recostada en una vieja cama de paja, cada día sus fuerzas la abandonaban más y más. ―Mucho gusto señora soy el general Yanick. ― ¿general?, ¿que hace un general en mi casa? ―gritó la anciana. ―Mucho gusto señora soy el general Yanick. ― ¡LARGO DE AQUÍ! ―dijo la anciana mientras intentaba pararse de la cama, pero no lo consiguió y cayó al suelo, el general la tomó con delicadeza y la recostó de nuevo en la cama ―No vengo hacerle daño, vengo a ayudarle, mi padre es médico y botánico así que conozco de plantas ―tomó las plantas que había recogido Ainé y le hizo un té a la anciana. ―Mi general —se escuchó una voz en la puerta, Aine se apresuró a abrir y un soldado tembloroso entró̶ —Les dije que esperaran afuera —le dijo el general Yanick mostrando un poco de enojo en su voz ̶ —lo siento mi general pero la tormenta ha empeorado y lo soldados no pueden resistir más, dos ya han caído de los caballos ―el general se dirigió hacia Aine y le entrego la pequeña olla de té. ―Dale esto a tu abuela cada tres horas veras que para mañana estará mejor, mañana regresare a verla ―al instante el general y soldado salieron de la vieja cabaña y se fueron En todo el reino de Norde la tormenta no cesaba, nunca se había visto una tormenta igual, todos se preguntaban que lo había provocado. El rey se encontraba en una reunión con sus consejeros, para ver de qué manera podían ayudar al pueblo ya que si la tormenta no cesaba tendrían que albergar a la gente en el palacio. Cuando de un momento a otro la gema que se encontraba en su dedo en forma de un anillo empezó a brillar con tal intensidad que segó a los que se encontraban en el lugar, el rey sintió su dedo arder, rápidamente arranco el anillo de su mano y lo tiró, todos en la sala se encontraban atónitos en ese instante el rey cayó.
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