Ana Grimm estaba agotada. Entró en su apartamento con los gemelos a cuestas, ambos niños llenos de energía después de un largo día. Con la comida empaquetada que había recogido de camino, se dirigió a la cocina y la metió al microondas. Mientras el temporizador hacía su cuenta regresiva, suspiró y se apresuró a llevar a los gemelos al baño para lavarse las manos antes de cenar. El baño pronto se convirtió en un campo de batalla: agua salpicada por todos lados, risas y gritos llenando el aire. Ana apretó los labios, intentando mantener la paciencia. Mientras ayudaba a uno de los niños a secarse las manos, murmuró: —En días como este, desearía que tu papá estuviera en casa. Noah, su esposo, había llamado más temprano para decir que intentaría llegar esa noche. Pero Ana ya había aprendido

