CAPÍTULO VEINTICINCO El restaurante estaba cerca de nuestro hotel y lo reconocimos en seguida. Habíamos pasado por delante varias veces y, por las tardes, las mesas a la luz de las velas y la discreta opulencia del mobiliario rojo y n***o habían resultado intimidatorios para dos hermanas solteras. El maître nos acompañó hasta una mesa preparada para tres en el centro de la estancia. Noté el sonrojo de mi hermana, fruto de una mezcla de vergüenza y placer, ante la inmediata atención que suscitaba el nombre de Carlo. Viéndola caminar delante de mí, sentí que podría ser fácil para ella entrar a formar parte de la pseudorrealeza de la jet set italiana. En la mesa, nos sentamos en cohibido silencio mientras esperábamos a nuestro anfitrión. Mientras Madeleine consideraba el menú con demasiado

