CAPÍTULO DOCE Cuando me desperté la mañana siguiente todavía permanecía en mis labios el nombre de alguien. Durante meses, no había pensado en cómo era mi vida antes de la muerte de Bonnie, una vida que ahora me parecía tan lejana. En mi sueño, había regresado a las comodidades de esa vida, donde las cosas más pequeñas me hacían feliz: las rutinas matinales de antes de ir a trabajar, los saludos de mis compañeros, e incluso el agotamiento que solía sentir cuando por fin me metía en casa tras una dura jornada. Estar allí tumbada ahora, sin saber qué hacer ese día, en una cama extraña tan lejos de casa, no era un lujo. Me permití intentar seguir durmiendo, y busqué el consuelo de mis rutinas perdidas. —¡Dana! Madeleine, duchada y vestida, se sentó cerca, ofreciéndome una taza de té como i

