CAPÍTULO VEINTIDÓS El vestíbulo de la biblioteca municipal era amplio como un pulmón hinchado, y pasillos como tráqueas salían en varias direcciones. Un cartel sobre cada uno de ellos indicaba las áreas de estudio y códigos de catálogos. Me senté frente a uno de los ordenadores situados en fila junto a la pared que había dejado conectado a internet el usuario anterior. Tecleé «Giorni, Carlo», y miré por encima del hombro con sentimiento de culpa mientras esperaba los resultados. Doscientas setenta y tres entradas, y Carlo mencionado en todas ellas en primera página. Me desplacé por artículos que elogiaban su habilidad en la pista, sus excentricidades de conquistador y su lesión. En la segunda página, en artículos más cortos y menos relevantes, encontré una foto excepcional de un Carlo má

