A la mañana siguiente Lyz fué la primera en despertar. Fue la urgencia irrefrenable de la nausea, la que la precipitó al bater. Fué una nausea bastante violenta, que le hizo volcar su estómago. Al finalizar quedo sentada y débil en el suelo frío de mármol. Allí la encontró un somnoliento Vince. Tomó una toalla, la humedeció bajo el grifo y fué hacia la chica para refrescarle el rostro y limpiarla de cualquier resto que haya quedado. - ¿Estás bien, Lyz? - preguntó Vince, preocupado. - Sí, solo fue un poco de malestar matutino. Lo siento por despertarte - respondió Lyz. - No tienes por qué disculparte. Estoy aquí para cuidarte - dijo Vince, cariñoso. - Estamos juntos en esto. Después de unos minutos, Lyz se sintió mejor. Intentó incorporarse pero Vince se adelantó y le dijo:

